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Término con el que se conoce a la última de las grandes unidades en las que se ha dividido la historia geológica y biológica de la Tierra. Su denominación procede de la voz latina quaternarius, propuesta por Morlot en 1845 para definir la era más reciente de la Tierra. Aunque también suele recibir el nombre de Era Antropozoica, debido a la ausencia de hechos estratigráficos y paleontológicos suficientes como para ser considerarla una era geológica, a esta unidad cronoestratigráfica se le otorga un rango inmediatamente inferior. Es, por consiguiente, el segundo y último período de la Era Cenozoica o Terciaria, y abarca desde hace 1,6 millones de años hasta la actualidad; las rocas formadas durante este espacio de tiempo, principalmente de tipo sedimentario, constituyen el sistema cuaternario. Los continentes, dispuestos tal y como los conocemos en la actualidad, facilitaron la conservación en el registro estratigráfico de las formaciones continentales (glaciares, fluvioglaciares, lacustres, eólicos, etc.), o de facies marinas, básicamente litorales y neríticas, constituidas en su mayor parte por sedimentos poco consolidados. A pesar de ser el período más reciente, las investigaciones que se llevan a cabo siguen siendo dificultosas, y aún no se ha establecido con claridad los límites entre cada fase y sus subperíodos, pues, si bien éstos facilitan el análisis, introducen discontinuidades en el desarrollo de procesos continuos. Los métodos clásicos de la geología han sufrido, por este motivo, una gran trasformación que, a su vez, se ha visto acompañada por la necesidad de complementar las líneas de investigación con las aportaciones de técnicas más recientes, puestas en práctica por la paleontología, geomorfología, sedimentología, palinología, paleodafología, etc. El Cuaternario se caracteriza por dos hechos principales: junto al acontecimiento considerado como más relevante, la aparición del hombre, fueron importantes las fluctuaciones climáticas, que han configurado y conformado la acción de los agentes erosivos y la evolución biológica. Se han establecido cuatro etapas glaciares perfectamente datadas y existen indicios sobre la existencia previa, al menos, de otras dos; todas ellas separadas por sendos períodos interglaciares, en el último de los cuales nos encontramos actualmente sumidos. Es necesario reincidir en el hecho de que ninguno de los dos procesos se desarrollaron de forma exclusiva en esta etapa, si bien fue en este momento cuando, debido a su intensidad, se convirtieron en factores determinantes y dominantes. Las dificultades, anteriormente señaladas, para establecer cronologías absolutas con respecto a cada una de las grandes eras geológicas y sus subdivisiones determinan la conveniencia de establecer el uso de nomenclaturas cronoestratigráficas distintas dependiendo del ámbito en el que se establezca el análisis: estudio de las glaciaciones, terrazas marinas o industria lítica, pues no existe una relación de correspondencia entre ellas en cuanto a periodización se refiere. No obstante, la posibilidad real de utilizar métodos radiactivos, como el Carbono 14, para los estudios de la época más reciente aporta datos absolutos importantes, aunque también pueden dar lugar a discrepancias plausibles, dependiendo de los métodos aplicados. Límites y subdivisiones El establecimiento de su límite inferior tuvo como único fin el de diferenciar el tiempo a lo largo del cual se desarrolló el hombre fósil. Esta postura, carente de significado geológico, se vio reforzada por los hallazgos paleoclimáticos que sentaron las pautas de división en el Cuaternario, pero, debido a la falta de rigor de ambos criterios, el límite Neógeno-Cuaternario fue continuamente modificado. La aparición de nuevos restos pertenecientes a una glaciación u homínido fósil cada vez más antiguos contribuyó al aumento progresivo de la edad atribuida a dicho límite. Esta situación se prolongó hasta 1984, año en el que en el vigésimo séptimo Congreso Internacional de Geología, celebrado en Moscú, se estableció su estratotipo en la localidad italiana de Vrica (Calabria), donde se fijó definitivamente su edad paleomagnética en 1,64 millones de años. Algunos autores utilizan el término Villafranquiense para definir una unidad estratigráfica continental de límites imprecisos, en cuyo seno se encuentra determinado el límite entre Terciario y Cuaternario en función de su fauna fósil. En la actualidad, está plenamente aceptada la división del Cuaternario en dos unidades cronoestratigráficas con carácter de época o serie; en orden cronológico son el Pleistoceno (1,6-0,01 millones de años) —también conocido como período diluvial o diluvium, que abarca la parte más antigua de la formación cuaternaria anterior a la época histórica— y Holoceno (0,01 millones de años-actualidad) —llamado igualmente período aluvial o aluvión, al que corresponde toda la época histórica y parte de la prehistória de la actual Humanidad. Al igual que este período, las unidades pleistocena y holocena también fueron definidas por los geólogos del siglo XIX en atención al porcentaje de fósiles que, con representantes actuales, se encontraban presentes en sus estratos, aunque con un significado muy distinto del actual. Los términos diluvium o diluvial fueron aplicados al creer reconocer en dichos terrenos ciertas relaciones con el diluvio bíblico, pero tras demostrar posteriormente la imposibilidad de vincular el diluvium con el diluvio universal tratado en la Biblia fueron propuestos nuevos términos, entre los cuales "Pleistoceno" es el que ha prevalecido. En el caso del período aluvial, el término "Holoceno" es el que ha llegado a imponerse. La cronología cuaternaria ha sido desarrollada a partir de la observación y estudio de las series estratigráficas depositadas durante las oscilaciones climáticas que caracterizaron este período. Sus divisiones se corresponden con diferentes fases consecutivas de recrudecimiento climático, o períodos glaciares, separadas por etapas de clima moderado, o períodos interglaciares, cuya periodicidad se encuentra reflejada en la secuencia estratigráfica por una alternancia de depósitos glaciares (varvas, tilitas, etc.) con otros fluviales o marinos, acompañados a menudo por abundantes restos fósiles. Las alteraciones producidas como consecuencia de estos fenómenos climáticos fueron determinantes en el comportamiento de la dinámica fluvial y oceánica, como puede apreciarse en las extensas terrazas fluviales, marinas y depósitos pluviales. Aunque las variaciones climáticas afectaron a todo el globo, su desarrollo estuvo caracterizado por una marcada provincialidad, que ha proporcionado ciertas diferencias en la correlación de las distintas unidades propuestas para el cuaternario europeo, asiático, norteamericano o africano. Uno de los acontecimientos que caracterizaron el Cuaternario fue el desarrollo de las glaciaciones. Los glaciares son poderosos agentes de erosión, por lo que, al desplazarse avanzando hacia latitudes más bajas, arrastraron materiales que luego al fundirse abandonaron, dando lugar a las morrenas. Éstas se extienden en forma de lomas a lo largo de las grandes cordilleras y de las llamadas llanuras norteuropea y norteamericana. El estudio de estos depósitos sirve para establecer cronologías de la evolución del Cuaternario. Los glaciares fueron fenómenos de una importancia trascendental, pues influyeron de forma determinante en la configuración biológica y geológica del planeta. Las glaciaciones alpinas y pirenaicas Las investigaciones en este terreno estuvieron marcadas durante mucho tiempo por dos concepciones enfrentadas: la monoglaciarista y la pluriglaciarista. A principios del siglo XX fue A. Penck quien observó restos de cuatro niveles morrénicos que demostraban la existencia de cuatro glaciaciones sucesivas, que recibieron nombres correspondientes a cuatro afluentes del Danubio; ordenadas cronológicamente de mayor a menor antigüedad, son: Günz, Mindel, Riss y Würm. Estas glaciaciones están separadas por períodos interglaciares, denominados respectivamente Günz-Mindel, Mindel-Riss, Riss-Würm y la actual Postglacial, que se intercalan respectivamente con las glaciaciones apuntadas. Tienen un clima más cálido y, en concreto, durante el würmiense se produjeron dos avances glaciares separados por un retroceso de los hielos, conocido como interestadio de Laufen. Además de estas grandes etapas glaciares, se admite la existencia de dos fases anteriores al Günz: la glaciación Donau, que comprendió tres estadios y dos interestadios, y, más antigua todavía, la glaciación de Biber; ambas separadas respectivamente por los períodos interglaciares Biber-Donau y Donau-Günz. Para la zona pirenaica, los estudios llevados a cabo por H. Alimen reconocen, igualmente, depósitos de las glaciaciones Donau, Günz , Mindel, Riss y Würm. Las glaciaciones del norte de Eurasia Las zonas septentrionales de Europa y Siberia también fueron cubiertas durante el Cuaternario por grandes glaciares, al menos en tres ocasiones, recibiendo una nomenclatura distinta. Las glaciaciones, de la más antigua a la más reciente, fueron las Pretigliense, Eburoniense, Menapiense, Elsteriense, Saaliense y Weichseliense, separadas por sendos períodos interglaciares: Tigliense, Waaliense, Cromeriense, Holsteiniense, Eemiense y la actual Flandriense. Si se establecen las correspondencias con las glaciaciones señaladas en el apartado anterior, puede determinarse que el Pretigliense corresponde con la glaciación Biber, el Eburoniense con la Donau y así sucesivamente hasta finalizar con la equivalencia entre las últimas glaciaciones Weichseliense y Würm. Todas las cronologías se han establecido siguiendo los estudios más avanzados para la región del norte de Europa, donde mejor está determinada la extensión de dichos glaciares, así como las fases de retroceso y las transgresiones. Las glaciaciones en América del Norte Cuatro son las glaciaciones, separadas por fases interglaciares, más importantes para estos territorios, que también han sido comparadas con las europeas. La glaciación Nebraskiense se corresponde con el período Günz, la glaciación Kansasiense respondería al Mindel, el período glaciar Illinoiense es parejo al Riss y el Wisconsiniense se relaciona con el Würm. Estas glaciaciones estarían separadas respectivamente por los interglaciares de Afton, Yarmouth y Sangamon. A pesar de todo lo apuntado, el desarrollo de los inlandsis en los dos continentes no fue sincrónico y, por lo tanto, estas equiparaciones se basan en la respuesta de todas las glaciaciones a una causa general; pero hay que tener siempre presente que los desarrollos estuvieron siempre en función directa con los condicionantes locales. Los períodos pluviales en África El desarrollo de fases glaciares en las altas latitudes se correspondió, en las regiones situadas más al sur, con etapas mucho más húmedas que, durante los períodos interglaciares, equivaldrían a fases más secas. A la hora de establecer una secuenciación climática para África se deben tener en cuenta las peculiaridades entre diferentes zonas; si para Europa estas variaciones se extienden de este a oeste, en el caso del continente africano ocurren de norte a sur. La periodización más simple establecida para África, especialmente para el continente en su vertiente oriental, distingue un período pluvial en el pleistoceno inferior, denominado Kageraniense; en el pleistoceno medio establece dos períodos: el Kamasiense, equivalente con la glaciación alpina Mindel, y el Kanjeraniense, equivalente con el inicio de la glaciación alpina Riss o Würm, según el criterio de los autores; finalmente, en el pleistoceno superior se ha establecido el período Gambliense, equivalente en su mayor parte con la glaciación alpina Würm. Este último período se encuentra sucedido en el Holoceno por las fases climáticas húmedas Makaliense y Nakuraniense. Terrazas fluviales y marinas del Cuaternario Las oscilaciones climáticas, que se han mencionado constantemente para caracterizar al Cuaternario, no influyeron sólo en el establecimiento de grandes glaciares. Las alteraciones producidas como consecuencia de estos fenómenos determinaron el aumento extraordinario del caudal de los ríos, sobre todo en las fases de deshielo. Así, se formaron durante todo el Cuaternario extensas terrazas con los arrastres de gravas y arenillas de origen fluvial o fluvioglaciar en los valles de los ríos. Los márgenes de los ríos fue donde, principalmente, se estableció el hombre prehistórico, de tal forma que su estudio ha permitido descubrir numerosos asentamientos antropológicos e industriales. Las investigaciones realizadas han puesto en evidencia la existencia de cierta relación entre las terrazas fluviales y las morrenas terminales. De igual manera, se han reconocido en las costas de todos los continentes depósitos marinos, o terrazas de abrasión, que indican los continuos avances y retrocesos que experimentaron los océanos y mares durante el Cuaternario. Se utilizan distintas nomenclaturas para determinar los niveles de las terrazas para cada continente. En referencia al Mar Mediterráneo, se ha determinado la siguiente sucesión: Calabriense, Siciliense, Tirreniense (subdividido en Eotirreniense, Eutirreniense y Neotirreniense) y Versiliense. Existe una relación directa entre las transgresiones y regresiones marinas acaecidas en estas fases con la evolución de los glaciares, ya que las épocas de enfriamiento cuaternarias implicaban descensos importantes en el nivel del mar y viceversa. Las regresiones marinas ampliaban enormemente las zonas emergidas de la plataforma continental, permitiendo el paso entre Eurasia y América del Norte y entre el continente europeo y las Islas Británicas, por lo que suponen fenómenos importantes que condicionaron las migraciones de la fauna de unas zonas a otras y, además, permitieron establecer conexiones y correlaciones regionales e intercontinentales. Los estudios aportados tanto por la Paleozoología como por la Paleobotánica han sido y son fundamentales a la hora de establecer un análisis que determine los cambios sufridos por la fauna y la flora como consecuencia de la existencia de las glaciaciones y de los períodos interglaciares. Esto sirve para establecer una base cronológica sucesiva de gran interés, pues permite reconstruir la evolución paleoclimática de la historia del Cuaternario. Los cambios climáticos acaecidos a lo largo de este período originaron sucesivas migraciones, tanto de animales como vegetales, en el transcurso de las cuales tuvo lugar la desaparición de las especies menos susceptibles y adaptables a estas fluctuaciones. En los antiguos estratos de las series cuaternarias se ha encontrado una fauna propia del clima cálido. Las especies de elefantes (Elephas planifrons, Elephas meridionalis, Elephas antiquus, Elephas trogontheri...) el Rinoceros Merckii, el Hippopotamus major y el Hippopotamus amphibius, junto a caballos, cérvidos, cánidos y algunos felinos, sustituyeron a mastodontes, hipariones y ciervos característicos del período Terciario (ej.: Procervulus). En los períodos glaciares, la adaptación de las especies al clima presenta una fauna fría en la que abundan el Elephas primigenius o Mamut, el Rhinoceros trichorhinus o rinoceronte lanudo, el Rengifer tarandus o reno, la Loepus variabilis o liebre polar, el Myodes torquatus o lemming, el obibus moscatus o buey almizclero, además del alce, el bisonte y otras especies más indiferentes al frío. Eran abundantes también ciertas aves, como el urogallo y el Alca impennis o pingüino. Es importante advertir que, si bien el estudio de la fauna proporciona una cronología que orienta sobre la posibilidad de determinar las culturas humanas en relación con ella, no se puede, sin embargo, admitir esto como base para una cronología absoluta. Como resulta obvio, los cambios climáticos experimentados a lo largo del Cuaternario y la adaptación de las especies a dichas transformaciones no ocurrieron de manera instantánea: hay que tener siempre presente los enormes períodos de transición que permitieron la coexistencia simultánea de especies de adaptación climática distinta, puesto que respondieron con distintos ritmos a las alteraciones ambientales. EL HOMBRE DEL CUATERNARIO Y LAS CULTURAS HUMANAS subir El origen del hombre sigue siendo uno de los temas sobre los que más investigaciones, esfuerzos y estudios se llevan a cabo; sin embargo, no por ello se puede afirmar que esté el tema acotado, sino más bien sometido a constante revisión conforme se ahonda en los hallazgos antropológicos y conforme se descubren nuevos restos que, si bien en un principio desbaratan muchas de las hipótesis más asentadas por las disciplinas científicas, a la larga arrojan luz sobre la senda escrita por los antepasados más ancestrales del hombre. Teniendo en cuenta el carácter eventual a la hora de determinar el origen y la línea evolutiva del ser humano, se puede indicar que el origen se produjo como consecuencia del enfriamiento climático del Mioceno superior. Fue, por tanto, resultado del cambio del nicho ecológico con todas las consecuencias que de ello se derivan. La fase de los Ramaphitecus fue sustituida por los Australopitecus, Pongidos y hominoides africanos que mejor se adaptaron a este medio, que se extinguieron a lo largo del Pleistoceno inferior. Los Pitecántropos africanos o asiáticos están considerados, en cuanto a la línea evolutiva, en un escalón superior al de los australopitecos, si bien esto no tiene por qué implicar que, cronológicamente, se sucediesen en el tiempo, pues se ha demostrado que los ritmos de evolución para cada espacio geográfico son muy distintos y todavía no puede establecerse ninguna clasificación que no sea más que conjeturas. El origen del Homo erectus sigue siendo incierto, sin que se posean datos sobre esa fase fundamental de nuestra historia. A la fase del Pitecántropo le sucedió la fase sapiens (véase: Homo sapiens, Homo sapiens fossilis, Homo sapiens neanderthalensis, Homo sapiens sapiens), última escala en el proceso de hominización que se caracterizó por dos fenómenos principales: el aumento de capacidad craneal y la reducción tanto de la región maxilar como de la dentición. Conforme el hombre mejoró sus rasgos biológicos, paralelamente, las culturas desarrolladas aumentaron su complejidad. La producción material evolucionó progresivamente hacia industrias líticas más perfeccionadas y especializadas, lo que indica una mayor adaptación al medio y, por tanto, una mejora de los niveles de vida. Igualmente, se desarrolló todo un mundo intelectual y espiritual que, desde sus manifestaciones más simples, llegó a alcanzar unos niveles superiores, de gran belleza y dificultad. Las distintas culturas humanas desarrolladas a lo largo del Cuaternario se han dividido en cuatro grandes fases que, a su vez, contienen subdivisiones: Paleolítico, Mesolítico, Neolítico y Edad de los Metales. La primera que se ha indicado estaría subdividida en Paleolítico inferior, que contiene las culturas Olduwaiense (también denominada Pebble Culture o cultura de los guijarros) y Achelense, mientras que el Paleolítico medio tuvo, como representante principal, al complejo industrial Musteriense; por último, el Paleolítico superior contó con las culturas Solutrense, Auriñaciense y Magdaleniense. La siguiente fase, el Mesolítico o Epipaleolítico, estuvo caracterizada principalmente por la cultura Azziliense, mientras que el Neolítico representó la mayor revolución acontecida a lo largo de la Prehistoria, al convertirse el hombre en agricultor y ganadero para establecerse en asentamientos estables y abandonar el nomadismo. La última división, la Edad de los Metales, se subdivide de forma general en la Edad del Cobre, Edad del Bronce y Edad del Hierro. Cada una de estas industrias líticas contienen subdivisiones propiciadas por las variaciones tipológicas, regionales y temporales. Los numerosos y avanzados análisis polínicos han permitido, junto a los estudios aportados por la paleoclimatología, establecer las grandes zonas en las que se dividía Europa y otras regiones durante los períodos glaciares e interglaciares, con lo que es posible conocer con mayor precisión el hábitat humano en los distintos momentos. No en vano, la flora estuvo mucho más ligada a los cambios climáticos en todas las regiones y a lo largo de todo el Cuaternario. Durante los períodos glaciares, las tierras libres de hielos estuvieron cubiertas por musgos y por la llamada flora de las Dryas, constituida por toda una gama de sauces y helechos de dimensiones pequeñas, propias de las tundras árticas (Dryas octopetala, Betula nana, Salix memoralis, Salix herbacea, Salix retura y Saxifraga oppositifolia). En las zonas del Mediterráneo y Atlántico se desarrollaron bosques de coníferas y hayas. En los períodos interglaciares se extendieron por Europa central y occidental el arce, el nogal, el tilo (Tilia Platyphylla), el boj y la higuera, así como el Quercus mammuthi. Otras especies abundantes en diferentes regiones fueron el Zonites acieformis, Zinites sequanicus, Helix cintella, Clausilia filograna, Laurus canariensis o Fraxinus, aparte de un gran número de piceas y bojes. En líneas generales, y teniendo en cuenta las salvedades regionales, se puede afirmar que durante los períodos glaciares la fauna y la flora típica de las regiones frías se extendieron hacia las latitudes medias, mientras que en los períodos interglaciares la fauna y la flora de carácter tropical se desplazaron hacia latitudes más altas; se han llegado a contabilizar movimientos de hasta 2.000 kilómetros. Otras especies desaparecieron durante las oscilaciones térmicas, a las cuales se sumaron en los últimos 30.000 las producidas por la aparición del Homo sapiens.
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