GAIUS IULIUS CAESAR o Cayo Julio César

PRIMEROS AÑOS

César nació en Roma, entre el 12 y 13 de julio del año 101 a. C. Creció en el seno de una antigua gens de patricios, llamada Julia. Su ascendencia, de acuerdo con la leyenda, llegaba a Iulo, hijo del príncipe troyano Eneas y nieto de la diosa Venus.[3] En el apogeo de su poder, César inició en Roma la construcción de un templo a Venus Genetrix, en reconocimiento a su supuesta antepasada.

Su padre, cuyo nombre era también Cayo Julio César, alcanzó en el cursus honorum el rango de pretor pero no pudo ascender más en él al morir en campaña. Su madre era Aurelia, de la rama de los Aurelii Cottae, una familia plebeya de rango senatorial, rica e influyente. Tácito la parangonó con Cornelia, la madre de los Gracos, por su inteligencia, la pureza de sus costumbres y la nobleza de su carácter.

 

 

Los Julios Césares, aunque patricios, no eran ricos para los patrones de la aristocracia romana de la época (de hecho, César creció en la Subura, un barrio de clase baja de Roma) y por ese motivo, ni su padre ni su abuelo obtuvieron cargos prominentes en la República, aparte del pretorado del padre.

Al ser hijo único, vivió sus años de infancia en un ambiente esencialmente femenino, entre su madre y sus dos hermanas. Julia, hermana de su padre y la esposa de Cayo Mario, tuvo un papel muy destacado en la educación y orientación del joven César. Se le inculcó el temor a los dioses, el respeto a las leyes, las reglas de la decencia, la modestia y la frugalidad, como por otra parte se hacía con todos los varones de las gens patricias en esa época. Cuando tenía nueve años, Sexto Julio César, hermano de su padre y tío suyo llegó a ser cónsul y dió un poco de fama a la familia. A la edad de 10 años se vio confiado a un grammaticus, Marco Antonio Gnifón, galo de origen pero formado en la escuela de retóricos alejandrinos, y considerado en su tiempo como particularmente versado en las literaturas griegas y latinas.

 

 

 

 

En el año 85 a. C. a la edad de 16 años, César sufrió una gran pérdida: su padre murió repentinamente cuando estaba en Pisa; también en esa época murió su abuelo paterno, posiblemente deprimido por lel fallecimiento de su hijo, y César heredó las propiedades de sus difuntos padre y abuelo y su posición como cabeza de la familia. En el año 84 a. C. fue propuesto Flamen dialis (sumo sacerdote de Júpiter) por Lucio Cornelio Cinna, aliado de Mario, y en ese momento Cónsul de la República y el padre de su esposa Cornelia Cinna minor, si bien nunca llegó a ocupar ese sacerdocio. Tanto Mario como su padre legaron muchas de sus propiedades y riquezas al joven Cayo, además de contribuir a formarle intelectualmente.

Su tía paterna Julia se casó con el talentoso general y reformador Cayo Mario, líder de la facción progresista del Senado, los Populares, frecuentemente enfrentados a los Optimates (conservadores). Al final de la vida de Mario, las disputas internas entre las dos facciones habían llegado al punto de ruptura. En 86 a. C. estalló una guerra civil, cuyo resultado a largo plazo fue la dictadura de Lucio Cornelio Sila.

En el año 85 a. C. Cinna fue asesinado por sus soldados y Sila, tras vencer a Cneo Papirio Carbón, primer cónsul y al hijo de Mario, segundo cónsul, entró en Roma. César estaba unido por lazos familiares al bando perdedor: no sólo era sobrino de Mario, sino que también estaba casado con Cornelia, hija de Cinna. Su situación era, por lo menos, insegura. Sila trató de atraerlo a su partido (siguiendo a la política exitosa que había empleado con algunos seguidores notorios de Mario) y para probar su lealtad, le ordenó divorciarse de Cornelia, pero para sorpresa del dictador, César se negó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sila se enfureció y, a la vez que envió sicarios a capturarlo y asesinarlo, hizo anular su nombramiento al flaminado y confiscó toda su fortuna. A César no le quedó otra salida que la huida de Roma, viéndose obligado a cambiar de refugio cada noche; al no estar acostumbrado a este tipo de vida, cayó enfermo, y una noche fue sorprendido por los sicarios de Sila e identificado, pero se salvó gracias a que pagó el precio de su cabeza (dos talentos de oro). Después de este encuentro aceptó las gestiones de su familia ante Sila para obtener su perdón. Sus tíos Marco, Cayo y Lucio Aurelio Cotta, junto con las vírgenes vestales y el propio yerno de Sila, Mamerco Emilio Lépido Liviano, convencieron al Dictador de perdonarle la vida. Sila accedió de mala gana pero, según Suetonio, les dijo que ese joven a quien habían salvado la vida sería la perdición de la facción de los Optimates, en la que ellos habían luchado y que "en él veo muchos Marios".

César se dio cuenta de que el perdón de Sila podía significar una corta tregua y que lo juicioso sería mantenerse lo más lejos posible de Roma, así que decidió viajar a Oriente para servir en la guerra contra Mitrídates VI del Ponto junto con el cónsul Minucio Termo. Durante el sitio de Mitilene César se dirigió a Bitinia a requerir la ayuda de la flota del rey Nicomedes IV; al parecer Nicomedes quedó tan deslumbrado por el joven mensajero romano que incluso lo invitó a descansar en su habitación y a participar en un festín donde sirvió de copero a Nicomedes durante el banquete. Esta aventura se supo en Roma y produjo un serio perjuicio a su reputación, pues decían que se había prostituido con un rey bárbaro, Lollegándolo a llamar la "Reina de Bitinia", si bien César lo desmintió siempre (hay que tener en cuenta que la sodomía pasiva era vergonzosa para los romanos y no así la activa). El resto de la campaña le valió una mejor reputación, llegando a que Minucio Termo, en la toma de Mitilene le concediera la corona cívica, la condecoración al valor más alta que se otorgaba en la República Romana.

Mario sufrió un embolia cerebral que le paralizó todo el lado derecho de su cuerpo y durante un largo tiempo estuvo separado de la vida política y militar...durante su recuperación el niño Cesar le acompañaba en sus largos paseos, escuchando las historias que el viejo guerrero le contaba de sus campañas militares y así Cesar con sus constantes interrogatorios a su tio Mario alimentó su aprendizaje en materia militar, que más tarde utilizaría en su propia carrera.

Mario reconoció inmediatamente en aquel niño prodigio a un posible competidor... y por esa razón le nombró flamen dialis para apartarlo de la vida política y militar, ya que el flamen era un cargo vitalicio...

 

 

 

 

 

 

 

 

Después de la muerte de Sila en el 78 a. C., César regresó a Roma e inició una carrera como abogado en el Foro romano, dándose a conocer por su brillante oratoria. Su primer caso fue dirigido contra Cneo Cornelio Dolabela, quien era un protegido de Sila y que en el 81 había sido elegido cónsul y después al año siguiente, procónsul en Macedonia, y donde, al parecer, había malversado los fondos de Estado. Dolabela al enterarse del proceso en su contra contrató para su defensa al ilustre abogado de la época Quinto Hortensio (llamado "El Balarín") y al eminente Aurelio Cotta, pero a pesar de estos formidables enemigos, César mostró su calidad de orador, que aunque no le sirvió para ganar la causa, sí le procuró la fama que buscaba.

Al año siguiente unas ciudades griegas que fueron saqueadas por Cayo Antonio Hybrida durante la campaña de Sila en Grecia, le confiaron la causa a él. Habló ante el pretor Marco Terencio Varrón Lúculo con mucha elocuencia y ganó el juicio, pero Hybrida apeló a los tribunos de la plebe, los cuales ejercieron su derecho al veto, dejando en suspenso la sentencia dictada en su contra.

Con el perfeccionismo que siempre lo caracterizó, César no estaba contento consigo mismo y decidió ampliar sus estudios y viajar a Rodas para estudiar filosofía y retórica con el gramático Apolonio Molón, considerado el mejor de la época. Pero durante el viaje, su barco fue asaltado por piratas que lo raptaron. Cuando exigieron un rescate de 20 talentos de oro (un talento equivalía a 26 kilos), César se rió y los desafió a pedir 50. 38 días después, el rescate llegó y César fue liberado después de un cautiverio bastante cómodo donde a pesar de tratar a sus secuestradores con amabalidad, les avisó en varias ocasiones de su negro futuro. Así, recuperada su libertad, organizó una fuerza naval, capturó a los piratas en su refugio y ordenó su crucifixión sin ningún miramiento, tal como les había prometido.

La madre de Cesar, Aurelia, fue una gran amiga y quizás algo más, del dictador Sila el cual debió estar enamorado de ella durante gran parte de su vida de paria... ya que antes de llegar al poder, Sila, fue un aristócrata sin escrúpulos ni recursos económocos, sospechoso de varios asesinatos a damas de la alta aristocracio romana de las cuales obtuvo en sus herencias la fortuna necesaria para ascender en su carrera hacia el poder...debido al gran amor que sentía por Aurelia, Sila fue muy condescendiente con Cesar y le perdonó la vida

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ruinas de la ciudad romana de Maktar en Tunicia, considerada entonces uno de los graneros de Roma

En el 69 a. C., Cornelia falleció al dar a luz a un niño que nació muerto y poco después César perdió a su tía Julia, viuda de Mario, de quien era muy cercano. Contrario a la costumbre de la época, César insistió en organizar funerales públicos para ambas. Ambos funerales sirvieron también para desafiar las leyes de Sila, pues se exhibieron en el sepelio de Julia las imágenes de Cayo Mario y del hijo que había tenido con ella y que también había luchado contra Sila, su difunto primo, Cayo Mario el Joven, y en el sepelio de Cornelia, la imagen de su padre Cinna. Todos ellos habían sido proscritos, y las leyes del dictador prohibían mostrar sus imágenes en público, pero César no vaciló en quebrar las reglas. Eso fue muy apreciado por los plebeyos y los que formaban la facción de los populares, y, en la misma medida, repudiado por los Optimates.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marco Licinio Craso (115-53a.C.), político romano, miembro del primer triunvirato junto a Pompeyo Magno y Julio César. Luchó en la guerra civil (83-82a.C.) al lado de Lucio Cornelio Sila, líder del grupo aristocrático expulsado, contra Cayo Mario el Joven, quien había asumido el liderazgo del grupo revolucionario tras la muerte de su padre adoptivo (Cayo Mario) en el 86a.C. Cuando las propiedades de los seguidores de Mario fueron confiscadas después de su derrota cerca de la ciudad de Preneste, en el Lacio (82a.C.), Craso acumuló una fortuna que aumentó mediante la especulación y la usura, hasta llegar a ser uno de los hombres más ricos de Roma. Craso usó su riqueza para obtener favores y poder en las intrigas políticas que caracterizaron los últimos años de la República romana. Fue propretor en el 71a.C. y reprimió la sublevación de los esclavos dirigida por el gladiador Espartaco. Craso fue elegido cónsul en el año 70a.C. con el apoyo de Pompeyo. Poco después Craso se alió con Julio César y ambos apoyaron a Catilina contra Cicerón para acceder al consulado. Craso fue censor en el 65a.C., y en el 60a.C. formó con César y Pompeyo la coalición conocida como el primer triunvirato. Pompeyo y Craso fueron cónsules otra vez en el 55a.C.; al año siguiente se le asignó a Craso la provincia de Siria para que gobernara como procónsul. La avaricia y la ambición le hicieron comenzar una guerra contra Partia, invadió Mesopotamia y saqueó Jerusalén y el Templo de Salomón, pero fue vencido y muerto por los partos en la batalla de Carres en el 53a.C.

 

 

 

ASCENCO POLITICO

César fue electo cuestor por Comicios en el 69 a. C., con 30 años de edad, como estipulaba el cursus honorum romano. En el sorteo subsiguiente, le correspondió un cargo en la provincia romana de Hispania Ulterior, situada en lo que es hoy día Portugal y el sur de España. Según cuenta una leyenda local, en el Herakleión (el Templo de Hércules) de la ciudad de Gades (Cádiz), situado en lo que actualmente es el Islote de Sancti Petri, Julio César tuvo un sueño que le predecía el dominio del mundo después de haber llorado ante el busto de Alejandro Magno por haber cumplido su edad sin haber alcanzado un éxito importante. Allí, como cuestor, conoció a Lucio Cornelio Balbo "El Mayor" el cual, posteriormente, se convirtió en consejero y amigo del futuro dictador y propretor de la Hispania Ulterior en el año 61, proporcionando Gades un gran apoyo a la flota romana en su campaña de Lusitania, donde Balbo ya era praefectus fabrum esto es , una especie de jefe de ingenieros, perteneciente a la plana mayor de las legiones.

A su regreso a Roma, César prosiguió su carrera como abogado hasta ser electo Edil curul en el 65 a. C., el primer cargo del cursus honorum que se desempeñaba dentro de Roma. Las funciones de un edil pueden ser equiparadas, en cierto modo, a las de un moderno Presidente de una Junta Municipal e incluían la regulación de las construcciones, del tránsito, del comercio y otros aspectos de la vida diaria, incluidas funciones de jefe de policía. Pero el cargo podía ser también un regalo envenenado, pues incluía la organización de los juegos en el Circus maximus lo que debido a lo limitado del presupuesto público, exigía la utilización de fondos personales del edil. Esto era especialmente verdad en el caso de César, que pretendía realizar juegos memorables para impulsar su carrera política. Y de hecho aplicó todo su ingenio para conseguirlo, llegando a desviar el curso del Tíber, inundando el Circo para ofrecer una naumaquia (es decir, un combate entre barcos), pero acabó el año con deudas del orden de varios cientos de talentos de oro.

 

 

 

 

SU CRONOLOGÍA

100 a.C. Nace el 12 (o el 13) de julio, en Roma, miembro de la familia Julia y sobrino de Cayo Mario (líder de los populares).

84 a.C. Se casa con Cornelia, hija del general popular Lucio Cornelio Cinna.

82 a.C. El recién elegido dictador Lucio Cornelio Sila le conmina a que se divorcie de Cornelia. Julio César huye de Roma.

78 a.C. Regresa a Roma tras la dimisión de Sila.

76 a.C. Inicia sus estudios de retórica, en Rodas.

69 a.C. Elegido cuestor.

65 a.C. Elegido edil curul.

61 a.C. Gobernador de Hispania.

58 a.C. Gobernador de la Galia. En los siguientes siete años consigue establecer el dominio romano sobre el norte y el centro europeo situado al oeste del Rin.

55 a.C. Expedición a Britania.

54 a.C. Fallece su hija Julia.

53 a.C. Craso es derrotado y muere en combate contra los partos.

52 a.C. Pompeyo se convierte en único cónsul.

49 a.C. El Senado, incitado por Pompeyo, pide a Julio César la renuncia de su mando y la disolución de sus tropas. Tras cruzar el Rubicón, logra el rápido control sobre la península

48- César consigue cruzar a Grecia. Pompeyo es derrotado en Farsalia y huye a Egipto donde es vilmente asesinado. César llega a Egipto con dos legiones y conoce a la reina Cleopatra.

47- César vence a los egipcios y corona a Cleopatra como "Faraón". Vence en Zela a Farnaces y envía al Senado un informe famoso: "Llegué, vi y vencí".

46- Conquista de África. Vence a los pompeyanos en Tapso. Inicia la campaña de España.

45- Guerra en España contra los hijos de Pompeyo. Victoria de Munda (Montilla). Regresa a Roma y celebra sus apoteósicos triunfos.

44- El 15 de marzo César es asesinado en la curia pompeya del Senado. A los pies de la estatua de Pompeyo cae bajo 23 puñaladas. De ellas, tan sólo una era mortal de necesidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

Sin embargo, el éxito como edil fue una ayuda importante para que, después de la muerte de Quinto Cecilio Metelo Pío en el año 63 a. C., fuera elegido Pontifex Maximus, dignidad que dotaba al elegido de enorme auctoritas y dignitas. El día de su elección había sospechas de un atentado contra él, lo que obligó a Julio César a decir a su madre: Madre, hoy verás a tu hijo muerto en el foro o vistiendo la toga del sumo pontífice. El cargo implicaba una casa nueva en el Foro, la Domus Publica, la presidencia del Colegio de Pontífices y una cierta preeminencia en la vida religiosa de Roma así como la asunción de los deberes y derechos del paterfamilias sobre las Vírgenes Vestales.

Su estreno como Pontifex Maximus fue marcado por un escándalo. Después de la muerte de Cornelia Cinna, César se había casado con Pompeya Sila (hija de Cornelia Sila y Quinto Pompeyo Rufo), nieta de Sila. Como esposa del Pontifex Maximus y una de las matronas más importantes de Roma, Pompeya era responsable de la organización de los ritos de la Bona Dea en diciembre, exclusivo de las mujeres consideradas sagradas. Pero durante las celebraciones, Publio Clodio Pulcro (un joven líder demagogo, considerado peligroso) consiguió entrar en la casa disfrazado de mujer, movido por la lascivia para estar con Pompeya. En respuesta a este sacrilegio, del cual ella probablemente no era culpable, Pompeya recibió una orden de divorcio. César admitió en público que él no la consideraba responsable, pero justificó su acción con la célebre máxima: La mujer de César no sólo debe ser honrada, además debe parecerlo.

En el 63 a. C. César fue electo pretor y Marco Tulio Cicerón cónsul. Fue un año particularmente difícil no sólo para César, sino también para Roma. Durante su consulado, Cicerón reveló una conspiración para destituír a los magistrados electos y reducir la funcionalidad del Senado, liderada por Lucio Sergio Catilina, un patricio frustrado por su falta de éxito político. Si bien no se celebró juicio contra ellos, en el sentido estricto del término, lo cierto es que casi todos los acusados en la conspiración estuvieron presentes en las sesiones del Senado en las que se les "juzgó"; en la tercera reunión, Cicerón descargó su responsabilidad sobre el Senado haciendo que los senadores debatieran la pena a la que habría de condenarse a los conjurados. El resultado fue una sentencia de muerte para cinco prominentes romanos aliados de Catilina y para el propio Catilina. César se opuso a esta medida usando para esos fines su mejor oratoria, pero fue vencido por la insistencia de Marco Porcio Catón el Joven y los 5 hombres fueron ejecutados ese mismo día. Fue también en esta dramática reunión del Senado que el romance de César con Servilia Cepionis, hermana de Marco Porcio Catón, salió a la luz. Los opositores políticos de César lo acusaron de formar parte de la conspiración de Lucio Sergio Catilina, lo que nunca fue probado ni perjudicó su carrera. Después de su complicado año como pretor, César fue nombrado propretor de Hispania Ulterior.

En el año 59 a. C. culminó su carrera política al ser elegido cónsul principal, aunque como compañero cónsul fue electo su enemigo político, Marco Calpurnio Bibulo, miembro de la facción conservadora y amigo de Catón el Joven. Ante las maniobras de César, que obviaba los vetos de su colega, Bíbulo optó por retirarse de toda la vida política, aunque sin renunciar a su magistratura, con el pretexto de dedicarse a la observación de los cielos en busca de presagios.

EL EJÉRCITO DE CESAR

Durante la República cada año se alistaban dos ejércitos consulares, en total cuatro legiones romanas más otras cuatro italianas. Teóricamente estas legiones debían servir durante un año para disolverse después. Sin embargo, tras la reforma de Cayo Mario el ejército de Roma se convirtió en un ejército profesional y las legiones adquirieron carácter permanente. El emblema de las legiones era el águila sagrada, pero continuando una tradición que se hunde en el mismo origen de los ejércitos milenios antes, cada legión tenía una divisa propia: la figura de un animal, en el caso de las legiones de César el animal más popular fue el Toro. Sobre las legiones de César hay mucha "información" que pertenece más al reino de la leyenda que al de la Historia. No nos interesan los relatos legendarios ni las leyendas populares, sino los datos fiables e históricos de cada una, que es lo que históricamente nos interesa. Algunas legiones tiene la misma numeración y se distinguían por su sobrenombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS CAMPAÑAS DE CESAR

Las Tras su año de gobierno constitucional, en el que sentó las bases para las grandes reformas políticas, económicas y sociales que Roma necesitaba creando un cuerpo de leyes que sería la base del Derecho Romano, en 58 a.C., marchó a ejercer su mando como procónsul de la provincia romana de la Galia Cisalpina, zona que actualmente ocupa el norte de Italia. Esta provincia era una pequeña porción de las Galias, un enorme territorio que abarcaba lo que hoy es Francia, Luxemburgo y Bélgica y que tenía más guerreros en edad de empuñar las armas que habitantes toda Italia. Allí César habría de contener en su primer año de mandato, en 58 a.C. las sucesivas invasiones de helvecios y germanos que pretendían invadir Italia. En una campaña relámpago exterminó a los helvecios y aplastó la ofensiva germana. Sin embargo, César comprendió que sólo una Galia unida y fuerte podría contener a los germanos y al pretender unir a todos los pueblos galos bajo la tutela romana, para asegurar la defensa de Italia, éstos se levantaron en armas contra César.

 

 

 

 

 

Esta decisión, aparentemente de espíritu religioso, estaba destinada a impedir a César aprobar leyes durante su consulado, pero éste ignoraba sistemáticamente los augurios que publicaba diariamente Bíbulo, y se apoyó para la toma de decisiones en los Tribunos de la Plebe. Como es sabido, los romanos denominaban a sus años por el nombre de los dos cónsules que regían dicho año. El año 59, tras la nula participación de Bíbulo, fue llamado por los propios romanos (con sentido del humor) el "año de Julio y César"

En ese mismo año, Pompeyo se encontraba en disputa abierta con el Senado por causa del derecho de sus veteranos a tierras de cultivo. Al mismo tiempo, el antiguo cónsul Marco Licinio Craso, con fama de ser el hombre más rico de Roma, se encontraba también en dificultades para obtener el tan deseado mando en la guerra contra el Imperio parto. Las tres personalidades descubrieron que se necesitaban mútuamente: César a Pompeyo para acercarle a los Optimates, y a Craso para financiarle; Pompeyo a César para que, como cónsul, aprobara lo que sería la ley que permitiera repartir tierras a sus veteranos y Craso a César para que como cónsul aprobara el mando que anhelaba. Los historiadores designan esta unión como el primer triunvirato, o el gobierno de los tres hombres. Para confirmar la alianza, Pompeyo se casó con Julia Caesaris, la única hija de César, y a pesar de la diferencia de edades y ambiente social el matrimonio fue un éxito.

EL PRIMER TRIUNVIRATO Y LA GUERRA EN LA GALIA

Primer Triunvirato

 

Tras un año difícil como cónsul, César recibió poderes proconsulares para gobernar las provincias de Galia Cisalpina (actualmente al sur de Francia) e Iliria (la costa de Dalmacia) por cinco años, a éstas se añadió la Galia Transalpina tras la muerte inesperada de su Gobernador. Probablemente, César, siguiendo la típica mentalidad del Procónsul romano, no tenía intenciones de gobernar pacíficamente, pues estaba necesitado de bienes para pagar las fabulosas sumas que adeudaba.

La oportunidad se le presentó mediante una real amenaza de los helvecios, que pensaban emigrar a la Galia; decidido a impedeirlo, reclutó tropas e inició las operaciones bélicas que, a la postre, darían lugar a lo que más tarde se denominó Guerra de las Galias (58 a. C. - 49 a. C.), donde conquistó la llamada Galia Comata o Galia de las cabelleras largas (esto es, lo que actualmente es el resto de Francia, Holanda y partes de Bélgica y Alemania ), en varias campañas; hizo una demostración de fuerza construyendo un puente sobre el Rhin e invadiendo Germania sin intención de conquistar, e hizo otro alarde de fortaleza invadiendo por dos veces las Islas Británicas, si bien es cierto que estas dos invasiones tenían un sentido más estratégico que colonial.

Entre sus legados (comandantes de legión) se contaban, sus primos Lucio Julio César y Marco Antonio, así cómo Titus Labienus (Tito Labieno) y Quintus Tullius Cicero (Quinto Tulio Cicerón) (el hermano más joven de Cicerón), todos hombres que habrían de ser personajes importantes en los años siguientes.

En materia de tácticas, Julio César fue el maestro supremo de la guerra relámpago, a la que se conoció como celeritas caesaris, o «rapidez cesariana», aparte de su genio militar tanto en batallas campales como en asedio de ciudades. Además supo conjugar sabiamente la fuerza, la diplomacia y el manejo de las rencillas internas de las tribus galas, para separarlas y vencerlas, dando lugar así al nacimiento de la famosa frase "divide et impera" ("divide y vencerás").

Campañas de Julio Cesar en las Galias

César derrotó pueblos como los helvecios en 58 a. C., a la confederación belga y a los nervios en 57 a. C. y a los vénetos en 56 a. C. Finalmente, en 52 a. C., César venció a una confederación de tribus gálicas lideradas por Vercingetórix en la batalla de Alesia. Sus crónicas personales de la campaña están registradas en sus Comentarios a la Guerra de las Galias (De Bello Gallico).

De acuerdo con Plutarco, la guerra se cerró con un balance de 800 ciudades tomadas (como la de Avarico, en la cual de los 40.000 defensores, solo quedaron 800), 300 tribus sometidas, un millón de galos reducidos a la esclavitud y otros tres millones muertos en los campos de batalla, aunque las cifras de los antiguos historiadores deben tomarse con mucha precaución.

Utilizó en varias ocasiones la táctica de sorprender al enemigo apereciendo como por ensalmo delante de sus contrincantes y, a despecho de los días de marcha, hacía que sus soldados se enfrentasen directamente al adversario, pese a que éste consideraba que el cansancio invalidaría el empuje de sus legiones. Fué igualmente brillante en los asedios de ciudades, llegando al culmen en el sitio de Alesia en dónde ordenó construir una doble línea de fortificaciones de varios kilómetros de extensión, para blindarse frente a los casi trescientos mil galos que intentaban ayudar a los ochenta mil asediados soldados de Vercingetórix a los que César tenía acosados dentro de la plaza. César, con menos de cincuenta mil efectivos correspondientes a diez legiones nunca completas tras ocho años de guerras en las Galias, venció a unos y a otros en la misma batalla en la que se decidió el destino de los galos.

 

Vercingetorix se rinde a César.

 

 

En el año 52a.C., tras el fallecimiento de Craso, Pompeyo fue nombrado único cónsul. Este cargo, combinado con sus otros poderes, lo situó en una posición privilegiada. Celoso de sus jóvenes rivales, decidió acabar con el poder de César, un objetivo que no podía realizar sin antes quitarle el mando de las Galias. Para protegerse, César sugirió que él y Pompeyo renunciaran a sus mandos simultáneamente, pero esto fue rechazado; incitado por Pompeyo, el Senado pidió a César que renunciara a su mando y disolviera su ejército o sería considerado enemigo público. Los tribunos, que eran agentes de César, vetaron esta moción, pero fueron expulsados del Senado. Entonces éste confió a Pompeyo la seguridad del Estado. Sus fuerzas, muy superiores en número a las de César, estaban dispersas por todas las provincias y sus tropas de la península Itálica no estaban preparadas para la guerra. A principios del año 49a.C. César cruzó el Rubicón, un pequeño río que separaba su provincia gala cisalpina de Italia y se dirigió rápidamente hacia el sur. Pompeyo huyó a Brundisium (la actual Brindisi) y desde allí a Grecia. En el periodo de tres meses, César controló toda la península Itálica y sus fuerzas tomaron Hispania y el puerto clave de Massilia (la actual Marsella, en Francia).
 

Pero a pesar de sus éxitos y de los beneficios que la conquista de Galia llevó a Roma, César continuaba siendo impopular entre sus pares, en particular frente a los conservadores que temían que su ambición les restara protagonismo. En el 55 a. C., sus aliados Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso fueron electos cónsules y honraron el acuerdo establecido con César al prolongar su proconsulado por cinco años adicionales. Éste fue el último acto del Primer Triunvirato.

Al año siguiente, Julia Caesaris murió durante un parto, dejando al padre y al marido muy apenados. Marco Licinio Craso, por su parte, murió en el 53 a. C. (en la Batalla de Carrhae, frente a los partos) durante la desastrosa campaña de Persia, condenada al fracaso desde el inicio por pésima planificación. Todavía en la Galia, César trató de asegurarse la alianza con Cneo Pompeyo Magno proponiéndole matrimonio con una de sus sobrinas, pero éste prefirió casarse de nuevo con Cornelia Metella, hija de Quinto Cecilio Metelo Escipión, uno de los peores enemigos de César.

El desastre de la Batalla de Carrhae en el que Craso murió, con sus legiones, al enfrentarse a los partos y la muerte de Julia acabaron por romper el triunvirato y Pompeyo se acercó a su esfera natural, que eran los Optimates. Diseñaron un plan para juzgar a César, pero este plan pasaba por despojarle del "imperium", pues hasta que no lo hubieran hecho, César era invulnerable.

César, por supuesto, no podía dejar que esto ocurriera, e intentó por todos los medios ser nombrado cónsul para el año entrante, aún presentando su candidatura "in absentia", cosa que consiguió mediante el hábil manejo de los tribunos de la plebe y de los Comicios, puesto que debido a ese mismo imperium, no podía entrar en Roma. Pero sus enemigos no podían dejar que César desempeñara un segundo consulado, así que decidieron someterle a diversas exigencias, incluso llegando a nombrar otro procónsul en su provincia. El Senado liderado por Pompeyo envió a César una sola proposición: mandar una de sus legiones a Oriente para vengar a Marco Licinio Craso y devolver otra a Pompeyo que se la había prestado para las operaciones en la Galia, a lo que César accedió. Pero las legiones nunca abandonaron Italia, lo cual irritó a César y le puso sobre aviso, escribiendo al Senado para que reconsiderara su decisión.

Pero cuando el Senado le contestó definitivamente impidiéndole concurrir al consulado y poniéndole en la disyuntiva de licenciar a sus Legiones o ser declarado enemigo público, comprendió que, escogiera la alternativa que escogiera, se entregaba inerme en manos de sus enemigos políticos, algunos de los cuales incluso deseaban su muerte. Presentó otra proposición al Senado: licenciaría ocho de sus diez legiones si se le prolongaba el gobierno de la Galia hasta el 48. Pero el Senado, dirigido por los Optimates, no estaba dispuesto a ceder ni un palmo y se mostró intransigente.

A la vista del cariz que tomaban los acontecimientos, César se dirigió a una de sus legiones, la decimotercera, y les explicó la situación preguntándoles si estaban dispuestos a enfrentarse a Roma, a su patria, en una guerra que les calificaría de traidores en caso de perderla. Los legionarios no sólo respondieron que sí unánimemente, sino que cuando les advirtió que no tenía dinero para pagarles la soldada éstos respondieron entregando sus ahorros a las cajas de la Legión. El 10 de enero del 49 a. C. «echó el dado» («Alea iacta est»), como él mismo dijo al cruzar el Rubicón con aquella legión de seis mil soldados dispuestos a luchar contra los sesenta mil de Cneo Pompeyo Magno. Era el primer acto de guerra civil que habría de poner fin al normal funcionamiento de las instituciones políticas de la República.

Los Optimates, incluidos Quinto Cecilio Metelo Escipión y Marco Porcio Catón, presas de un temor evidente, abandonaron Roma a su suerte y huyeron hacia el sur, sin saber que César estaba acompañado apenas por su decimotercera legión.

 

César persiguió a Pompeyo hasta el puerto de Brundisium en el sur de Italia, la actual Brindisi, con alguna esperanza de poder rehacer su alianza, pero éste huyó hacia Grecia con sus seguidores. Entonces, hubo de tomar una decisión: o perseguía a Pompeyo en Grecia, dejando sus espaldas desguarnecidas y expuestas a un ataque por parte de las legiones pompeyanas establecidas en Hispania o dejando organizarse a Pompeyo en Grecia, se dirigía a Hispania par asegurar su retaguardia.

Tras ponderar la situación, César se dirigió a Hispania en una marcha forzada de apenas 27 días, para derrotar a los seguidores de Pompeyo en esa poderosa provincia. Allí había establecidas varias legiones al mando de legados pro-pompeyanos, a lo que había que añadir que la generalidad de las poblaciones autóctonas habían jurado fidelidad al propio Pompeyo (que seguía sienfo Procónsul de esa provincia). Tras varias escaramuzas y batallas, César se midió contra sus enemigos en la Batalla de Ilerda, cerca de la actual Lérida, donde los derrotó definitivamente.

Sólo cuando consideró segura la retaguardia, y después de organizar las instituciones políticas en Roma, que había caído en la anarquía, César se dirigió a Grecia. El 10 de julio de 48 a. C., César fue derrotado en la Batalla de Dirraquium. Sin embargo, Pompeyo no supo hacer uso de esta victoria para acabar con César, y éste conseguiría huir con casi todo su ejército para luchar en otro momento. El encuentro final se dio poco tiempo después, el 9 de agosto, en la Batalla de Farsalia. César obtuvo una victoria aplastante, pero sin embargo, sus enemigos políticos consiguieron huir: Cneo Pompeyo Magno para Egipto, Quinto Cecilio Metelo Escipión y Marco Porcio Catón para el norte de África. De regreso a Roma, fue nombrado dictador romano, con Marco Antonio como Magister equitum, y fue, junto a Publio Servilio Vatia Isaúrico como colega junior, electo cónsul por segunda vez.

En 47 a. C., César se dirigió a Egipto en busca de Pompeyo, pero lo sorprendió el hecho de que el viejo aliado y enemigo había sido asesinado el año anterior. Al saber de su suerte, César quedó apenado por su muerte y por haber perdido la oportunidad de ofrecerle su perdón. Tal vez debido a esto y a los intereses de Roma en Egipto, César decidió intervenir en la política egipcia y substituyó al rey Ptolomeo XIII de Egipto, que ya tenía la dignidad de faraón, por su hermana Cleopatra que creía más afín a Roma. Durante su estancia, quemó sus naves para evitar que los egipcios hicieran un mal uso de ellas, lo que provocó el incendio de una parte de la famosa Biblioteca de Alejandría. César tuvo un romance con la reina de Egipto y de la relación nació su único hijo, el futuro Ptolomeo XIV de Egipto (Cesarión), que sería el último faraón de Egipto, si bien César nunca llegó a reconocerlo oficialmente como hijo suyo.

Después de las campañas de Egipto, César se dirigió al Oriente Medio, donde derrotó al rey Farnaces de Bósforo en la Batalla de Zela, en la cual pronunció la famosa frase de Veni, vidi, vici («Fuí, vi, vencí»), por la facilidad de su victoria; y después se dirigió al norte de África para atacar a los líderes de la facción conservadora allí atrincherados. En la batalla de Tapso en 46 a. C., César tuvo una victoria más y vio desaparecer a dos de sus más encarnizados enemigos: Quinto Cecilio Metelo Escipión y Marco Porcio Catón. Pero los hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto Pompeyo Fastulos, así como su antiguo comandante de caballería Tito Labieno, consiguieron huir para Hispania. César no dudó en perseguirlos y en marzo de 45 a. C. derrotó el último foco de oposición en la Batalla de Munda.

Frente a Cneo Pompeyo Magno en la Batalla de Farsalia o frente a los últimos reductos republicanos (Quinto Cecilio Metelo Escipión y Marco Porcio Catón en la Batalla de Munda, César venció a lo largo de su carrera militar siempre en inferioridad numérica frente a sus enemigos. La triplex acies, o formación legionaria en tres líneas de ataque para el refresco de los soldados, fue empleada de manera insuperable por César con pequeños reductos de soldados en la retaguardia, a modo de refresco, así como con la reserva de caballería a los lados para lanzar coberturas envolventes.

 

 

  • * Concedió el derecho de ciudadanía a cuantos practicaban medicina en Roma o cultivaban las artes literarias, debiendo este favor fijarlos en la ciudad y atraer a otros.

  • En cuanto a las deudas, en vez de conceder la abolición, con afán esperada y reclamada sin cesar, decretó que los deudores pagarían según la estimación de sus propiedades y conforme al precio de estos bienes antes de la guerra civil, y que se deduciría del capital todo lo que se hubiese pagado en dinero o en promesas escritas a titulo de usura, con cuya disposición desaparecería cerca de la cuarta parte de las deudas.[7]

  • * Disolvió todas las asociaciones, exceptuando aquellas que tenían origen en los primeros tiempos de Roma.

 

LA DICTADURA DE CESAR

Terminada la Segunda Guerra Civil de la República de Roma, gozó cuatro veces de los honores del triunfo, después de la victoria sobre Quinto Cecilio Metelo Escipión, con algunos días de intervalo, y la cuarta después de la derrota de los hijos de Pompeyo. El primer triunfo fue el de Alejandría, después el de El Ponto, seguido del de África, y en último lugar el de Hispania, siempre con aparato y fausto diferentes. Es de destacar que cuando festejó la victoria sobre El Ponto, veíase entre los demás ornamentos triunfales un cartel con las palabras veni, vidi, vici (fuí, vi y vencí), que no expresaba como las demás inscripciones los acontecimientos de la guerra, sino su rapidez.[5]

César recompensó a sus tropas, y así entregó a cada legionario cinco mil denarios (el equivalente a lo que ganarían en los 16 años de servicio obligatorio), a cada centurión, diez mil y a cada tribuno y prefecto, veinte mil denarios. Además les asignó también terrenos, aunque no cercanos a Roma, para no despojar a ciudadanos y establecer así colonias romanas en territorios recientemente conquistados. Distribuyó al pueblo diez modios de trigo por cabeza y otras tantas libras de aceite con 300 sestercios, en cumplimiento de una antigua promesa que le había hecho, a los cuales agregó 100 más por la demora. Rebajó el alquiler de las casas: en Roma hasta la suma de 2.000 sestercios, en el resto de Italia hasta quinientos. Ademas añadió la distribución de carnes, y después del triunfo sobre Hispania dos festines públicos, y no considerando el primero bastante digno de sus magnificencias, el que ofreció cinco días después fue mucho más abundante.[6]

Dio también espectáculos de varios tipos:

  • combates de gladiadores.

  • comedias en todos los barrios de la ciudad, desempeñandolas actores de todas las naciones y todos los idiomas.

  • juegos en el circo, atletas y una naumaquia.

En el Foro combatieron entre los gladiadores, Furio Leptino, de la familia pretoria, y Q. Calpeno, que había formado parte del Senado y defendido causas delante del pueblo. Los hijos de muchos príncipes de Asia y de Bitinia bailaron la pírrica. El ciudadano romano Decimo Liberio representó en los juegos un mimo de su composición, recibiendo quinientos mil sestercios y un anillo de oro y pasó después desde la escena por la orquesta a sentarse entre los caballeros.

En el Circo se ensanchó la arena por ambos lados; abrieron alrededor un foso, que llenaron de agua, y jóvenes nobilísimos corrieron en aquel recinto cuádrigas y brigas, o saltaron en caballos adiestrados al efecto. Niños divididos en dos bandos, según la diferencia de edad, ejecutaron los juegos llamados troyanos. Se dieron 5 días de combates de fieras, y finalmente se dio una batalla entre dos ejércitos, cada uno comprendía 500 infantes, 30 jinetes y 20 elefantes. Con objeto de dejar a las tropas mayor espacio, habían quitado las barreras del circo, formando a cada extremo un campamento.[7]

Durante 3 días lucharon atletas en un estadio construido expresamente en las inmediaciones del Campo de Marte. Se hizo un lago en la Codeta menor (un lugar del otro lado del Tíber) y allí trabaron combate naval: birrimes, trirremes, cuatrirremes, figurando dos flotas, una tiria y otra egipcia, cargadas de soldados. El anuncio de estos espectáculos había atraído a Roma a una gran cantidad de forasteros, cuya mayor parte durmió en tiendas de campaña, en las calles y las plazas, y muchas personas, entre ellas dos senadores, fueron aplastadas o asfixiadas por la multitud.[7]

INTENTOS DE RESTABLECER LA REPÚBLICA

César, después de vencer tras el último intento de los pompeyanos (dirigido por Cneo Pompeyo, hijo de Pompeyo Magno) se muestra desconfiado, pensando en la posibilidad de un inminente intento de asesinato. Muestra de ello es que en diciembre del año 45 a. C. en vísperas de las Saturnales, huyendo del tumulto de estas fiestas populares fue a pasar unos días con el suegro de Cayo Octavio (su sobrino nieto), en la residencia que este poseía cerca de Puteoli. Lo acompañaba una escolta de 2.000 hombres de su guardia personal, lo que demuestra que mantenía las sospechas que había dejado entrever en su discurso al Senado y seguía creyendo que su vida estaba amenazada.

Cicerón, cuya villa colindaba con la de Lucio Marcio Filipo, había pedido a César que le hiciera el honor de cenar con él. El dictador aceptó. De ahí, la celebre carta de Marco Tulio Cicerón a Tito Pomponio Ático que podía titularse: "César de vacaciones". César llegó a la villa de Marco Tulio Cicerón acompañado de toda la guardia: así, ni la apacible residencia del viejo jurista le inspiraba la más mínima confianza. Éste palideció al ver penetrar en su casa dos mil soldados. El comandante de la escolta hizo acampar a sus tropas en el jardín, y los esclavos y libertos fueron conducidos a las habitaciones de los criados. Tres salones especiales recibieron al séquito de Cesar. La cena fue un gran éxito. "Como él [César] se había purgado", precisa Marco Tulio Cicerón, "bebió y comió con tanto apetito como energía". César se mostró conversador brillante e ingenioso. "por otra parte", añade su anfitrión, "ni una palabra de asuntos serios. Conversación enteramente literaria". Al día siguiente, 20 de diciembre, partió a Roma.[8]

El Senado había aprovechado la ausencia de César para votar en bloque los decretos relativos a los honores que le eran conferidos. "Así", explica Dión Casio, "esta labor no debía parecer el resultado de una coacción, sino la expresión de su libre voluntad". Cuando César estaba ya de regreso en Roma, antes de colocarlos a los pies de Júpiter Capitolino los senadores decidieron presentárselos personalmente. De este modo, se subrayaba aún más la importancia del homenaje que el Senado le rendía. César estaba en el vestíbulo del templo de Venus, ocupado en discutir los planos de los trabajos que los arquitectos y artistas habían venido a someterle. Cuando se le anunció que el Senado in corpore había venido a verlo precedido de los magistrados en ejercicio y de una multitud de ciudadanos de diversos rangos, hizo como que no le daba importancia alguna y continuó, sin interrumpirla, la conversación con sus colaboradores.[9]

Uno de los senadores se adelantó para pronunciar un discurso apropiado a las circunstancias. Entonces César se volvió negligentemente hacia él y se preparó a escucharlo, sin dignarse siquiera a levantarse de su asiento. Probablemente, se trataba de poner en evidencia su disgusto con la afrenta que le infligió el tribuno Aquila tres meses antes. Asimismo, su respuesta tiene el sello de perfecta insolencia: En vez de alargar la lista de honores a él acordados, insistió más bien en reducirlos... Pero no obstante los acepta. Esta actitud produjo una tremenda indignación entre los miembros del Senado y en la multitud que asistió a esta solemnidad. César no se limitó a aceptar con altanera condescendencia las distinciones honoríficas con las que lo había colmado el Senado, sino que, al mismo tiempo supo apoderarse de múltiples prerrogativas de un carácter más realista que le permitieron reunir en sus manos la totalidad del poder gubernamental. Exigió y obtuvo que todos sus actos fuesen ratificados por el Senado, y los funcionarios públicos fueron obligados a prestar juramento, desde su entrada en funciones, de no oponerse jamás a medida alguna emanada de él y se hizo atribuir los privilegios de los tribunos de la plebe, con lo que obtuvo la "tribunicia potestas" y la inmunidad sacrosanta que los distinguía.

Con ello, el Senado no era ya más que una asamblea consultiva que aprobaba resoluciones que el dictador podía pasar por alto, sin siquiera dar una explicación para ello. En lo sucesivo era César quien tendría el derecho exclusivo de disponer de las finanzas del estado, era quien prepara la lista de los candidatos al consulado, y demás magistraturas.[10]

Debe señalarse que no está históricamente demostrado que la intención de César fuera proclamarse rey; y , de haber querido serlo, no puede saberse qué tipo de rey, si un rex a la manera estrusca , como lo habían sido Servio Tulio o Lucio Tarquinio Prisco, uno a semejanza del faraón egipcio o, simplemente, al estilo de los basileus helénicos.

Lo cierto es que un análisis ponderado de los hechos, según nos han llegado de las fuentes, parece indicar que pensaba en instaurar un régimen autocrático de algún tipo, o, al menos, lo pensaban en las esferas más cercanas a él.

Así, de hecho, ya poseía todos los poderes de un monarca. No le faltaba más que el título. A este respecto, empezó una propaganda insinuante emprendida por sus agentes para preparar a la opinión publica, que era muy hostil a la idea de volver a la monarquía. Sus enemigos esperaban poder arruinarlo más fácilmente explotando su ambición y se organizaron para actuar. Como resultado, seguiría una guerra solapada pero implacable.

Ésta comenzó cuando la estatua de oro que acababa de ser erigida de César en la rostra, fuera coronada con una diadema portando una cintilla blanca (emblema de la realeza). Se trataba de una primera tentativa, todavía muy discreta, de sondear el terreno y simular un deseo popular en favor de la coronación de César como rey. Dos tribunos del pueblo ordenaron arrancar la diadema y lanzarla lejos, hecho esto simularon erigirse en defensores de la reputación cívica de César. En los últimos días de enero tenían lugar en el Monte Albano, en las cercanías de Roma, las tradicionales fiestas latinas. César estaba llamado a asistir como Pontífice Máximo y como dictador. Optó por esta ultima calidad, lo cual le permitía, usando el privilegio que le habían acordado el Senado, figurar en estas ceremonias vistiendo la toga real de purpura y calzando las altas botas rojas de los reyes de antaño. Al concluir las fiestas, César hizo su entrada en Roma a caballo, parecido a un monarca de otra época. En medio de la multitud que lo esperaba, se habían apostado numerosos satélites debidamente aleccionados, y desde que se vio aparecer resonaron aclamaciones, escuchándose voces que lo saludaban con el título de rey. Inmediatamente el partido opuesto intervino y se escucharon exclamaciones de protesta. César salvó la situación respondiendo con amable modestia: "Mi nombre es César y no Rex", lo cual, en rigor, podría interpretarse que él sólo veía en los saludos de que era objeto una alusión a su parentesco con la gens Marcci Reges, a la que pertenecía su madre.[11]

Un tercer experimento, cuya amplitud superaba a los precedentes y que en el ánimo de sus autores debía resultar decisivo, estaba previsto para el 15 de febrero, día de las fiestas Lupercales. Para asistir a ella César usó el mismo ropaje real que había usado en las fiestas latinas. Ocupó un sitial de oro en medio de la tribuna de las arengas delante del cual debía pasar la procesión conducida por Marco Antonio. Junto al dictador se situó el cuerpo de magistrados en ejercicio: su jefe de caballería Marco Emilio Lépido, los pretores, los ediles, ect. Mientras desfilaba delante de la tribuna el colegio de sacerdotes Julianos, uno de ellos, Licinio, apareció a nivel del estrado y depositó a los pies de César una corona de laurel entrelazada con la cintilla de la diadema real. Como si esperasen esa señal estallaron los aplausos. Entonces Licinio subió a la tribuna y pusola corona sobre la cabeza de César, éste hizo un gesto de protesta y se dirigió a Lépido para que lo ayudara. El jefe de caballería se hizo sordo. Durante unos instantes la cintilla real flotó por encima de la cabeza del dictador. De golpe Cayo Casio Longino, se adelantó y con un ademán brusco quitó la corona de la cabeza de César y la puso sobre sus rodillas. A César no le quedó más remedio que rechazarla. En un ultimo minuto, Marco Antonio trató de componer las cosas. Escaló la rostra, se apoderó de la corona y la colocó de nuevo sobre la cabeza de su jefe. Éste visiblemente nervioso, se dio cuenta que el empeño era desacertado, y quitándose esta vez él mismo la corona la arrojó lejos de sí. Esto valió los aplausos de la multitud, pero los espectadores de la primera fila - escogidos muy bien - le pidieron que aceptara la ofrenda del pueblo. Marco Antonio aprovechó el momento para recoger el emblema tratando de ceñírselo de nuevo a César. Se escucharon gritos de ¡Salud, oh rey! Pero con ellos se mezclaban protestas indignadas. Como siempre, César logró salir del apuro con elegancia: ordenó llevar la corona al templo de Júpiter "donde será mejor colocada", y ordenó al redactor de los actos públicos que hiciera constar allí que "habiéndole ofrecido el pueblo la realeza de manos del cónsul, él la había rechazado".[12]

  • * Aumentó la penalidad en cuanto a los crímenes, y como los ricos los cometían sin perder nada de su caudal, decretó contra los parricidas la confiscación completa y contra los criminales la de la mitad de sus bienes.

  • * Privó del orden senatorial a los convictos de concusión.

  • * Declaró nulo el matrimonio de un antiguo pretor que se había casado con una mujer al segundo día de separada de su marido, aunque no se la sospechara de adulterio.

  • * Estableció impuestos sobre las mercancías extranjeras. Mandaba a los mercados guardias que secuestraran los artículos prohibidos y los llevaran a su casa, yendo algunas veces lictores y soldados a recoger en los comedores lo que había escapado a la vigilancia de los guardias.

  • * Prohibió el uso de literas, de la púrpura y las perlas, exceptuando a ciertas personas, ciertas edades y en determinados días.

 

Decididamente las manifestaciones públicas no producían ningún resultado. Se recurrió a los libros sibilinos que, habiendo sido consumidos por las llamas en tiempos de Lucio Cornelio Sila, fueron reemplazados desde entonces por imitaciones fraudulentas. Los quindecenviros encargados de la custodia de dichos libros anunciaron que ciertos pasajes de los mismos dejaban entender que los ejércitos romanos no podían obtener la victoria sobre los partos en la guerra que iba a comenzar de un momento a otro, sino cuando estuviesen mandados por un rey. Prontamente circuló en Roma el rumor que en la próxima sesión del Senado, que debía tener lugar el 15 de marzo, el quindecenviro L. Aurelio Cotta, tío del dictador, tomaría la palabra para proponer que fuese conferido el título de rey a su sobrino.[13]

LA CONSPIRACIÓN

Cayo Casio Longino, ante el cariz que tomaba la situación, y al enterarse de lo que se rumoreaba que se preparaba para el 15 de marzo en el Senado, decidió pasar a la acción. Se dirigió a algunos hombres de los cuales creía estar seguro y que a su juicio compartían su idea de dar muerte al dictador para librar a Roma del destino que él creía que le esperaba: un nuevo imperio cosmopolita, dirigido desde Alejandría.

Inmediatamente saltaba a la vista que Cayo Casio Longino no era el hombre adecuado para ser la cabeza visible de este tipo de acción y se acordó tantear a Marco Junio Bruto, considerado como el personaje indicado para este papel.

Tras una serie de probables reuniones, ambos estaban de acuerdo en que la libertad de la República estaba en juego pero no tenían los mismos puntos de vista de cómo actuar; Marco Junio Bruto no pensaba asistir al Senado el día 15, o sea abogaba por la protesta pasiva (la abstención); pero Cayo Casio Longino le replicaba que como ambos eran pretores, podían obligarlos a asistir. Entonces respondió Marco Junio Bruto: " En ese caso, mi deber será, no callarme, sino el oponerme al proyecto ley, y morir antes de ver expirar la libertad". Cayo Casio Longino rechazó de lleno esta solución, pues entendía que no es dándose muerte cómo se va a salvar la República, y lo exhortaba a la lucha, a pasar a la acción. Su elocuencia infatuada terminó por convencer a Marco Junio Bruto.[14]

El nombre de Marco Junio Bruto atrajo varias adhesiones valiosas, no en vano se decía descendiente de aquel otro Bruto (Lucio Junio Bruto) que había dirigido la expulsión del último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio en 509 a. C.; entre otras uniones, se produjo la de Décimo Junio Bruto Albino, un familiar del dictador, en quien éste tenía entera confianza. En total, el número de los conjurados parece haber sido de unos sesenta, de los cuales 23 se encargaron de la ejecución material. Durante las reuniones preliminares se elaboró un plan de acción. Se decidió por unanimidad atentar contra César en pleno Senado. De este modo, se esperaba que su muerte no pareciera una emboscada, sino un acto para la salvación de la patria, y que los senadores, testigos del asesinato, inmediatamente declararían su solidaridad.

Hay que tener en cuenta que los magnicidas formaban un grupo de motivaciones muy heterogéneas, ya que los había movidos por un auténtico sentido de salvación de la República, mientras se les habían unido otras personas movidas por rencor, por envidia, o por la idea de que si César acaparaba las magistraturas, a ellos no les tocaría nunca llegar al poder.

 

 

 

CESAR HISTORIADOR Y ESCRITORtros d

La obra escrita que llega hasta nuestros días coloca a César entre los grandes maestros de la lengua latina. Sus trabajos incluyen:

DESCENDENCIA Y MATRIMONIOS

 

 

 

 

 

EL MAGNICIDIO

Poco después, César fue asesinado en una reunión del Senado, que tenía lugar en el Teatro de Pompeyo, durante los Idus de Marzo (15 de marzo) del 44 a. C., por un grupo de senadores que alegaban actuar en defensa de la República. Entre ellos estaban sus antiguos protegidos Marco Junio Bruto y Cayo Longino Casio. Al parecer, todo comenzó solicitando a César que perdonara y permitiera volver del exilio al hermano de Casio, conocido activista pompeyano; César se negó y los otros 23 senadores se apilaron en su torno solicitando clemencia.

César se revolvió y les despidió a todos, lo que constituía para los conspiradores la señal para actuar: tras recibir 23 puñaladas, César cayó a los pies de una estatua de Cneo Pompeyo Magno y sus últimas palabras son descritas en varias versiones:

  • Καὶ σὺ τέκνον. Kai sy, teknon? (Griego, ‘¿tú también, hijo mío?’). Suetonio.

  • Tu quoque, Brute, filii mei! (Latín, ‘¡Tú también, Bruto, hijo mío!’)

  • Et tu, Brute? (Latín, ‘¿Tú también, Bruto?’, versión inmortalizada en la pieza de Shakespeare).

Marco Antonio recogió el cuerpo de Cayo Julio César y lo mostró al pueblo, que quedo conmocionado por la visión del cadáver. Poco después los soldados de su decimotercera legión trajeron antorchas para prender el cuerpo de su querido líder. Luego los habitantes de Roma echaron al fuego todo lo que tenían a mano para avivar más el fuego.

No obstante, existen historiadores que rechazan tan "honesta" actuación de Marco Antonio, afirmando que en realidad éste conocía la conjuración y no hizo nada por ayudar a César, esperando ser nombrado su sucesor. De esta manera, el cuerpo de César no habría sido recogido por Marco Antonio sino por su primo Lucio César el Viejo, y el testamento leído por Lucio Calpurnio Pisón, padre de su esposa y albacea. La actuación de Marco Antonio habría sido mucho más individualista, tratando de ganar partidarios para enfrentarse a Cayo Octavio, ya legítimo heredero de Cayo Julio César[cita requerida].

La leyenda cuenta que Calpurnia Pisonis, la mujer de César, después de haber soñado con un presagio terrible, advirtió a César de que tuviera cuidado, pero César ignoró su advertencia diciendo: Sólo se debe temer al miedo. En otras se cuenta cómo un vidente ciego le había prevenido contra los Idus de Marzo; llegado el día, César le recordó divertido en las escaleras del Senado que aún seguía vivo, a lo que el ciego respondió que los idus no habían acabado aún.

En el lugar de su cremación se construyó un altar que serviría de epicentro para un templo a él dedicado.

Después de la muerte de César, estalló una lucha por el poder entre su sobrino-nieto César Augusto, a quién en su testamento había nombrado heredero universal, y Marco Antonio, que culminaría con la caída de la República y el nacimiento de una especie de Monarquía, que se ha dado en denominar Principado".

 

SUS PROYECTOS

A Cayo Julio César no le bastó sólo con esto y entre sus proyectos estaba:

  • * La construcción de un templo a Marte, mayor que cualquier otro del mundo, rellenando hasta el nivel del suelo el lago en que dio la naumaquia.
  • * La construcción de un teatro gigantesco al pie del Monte Tarpeyo.
  • * Quería reducir a justa proporción todo el derecho civil, y encerrar en poquísimos libros lo mejor y más indispensable del inmenso y difuso número leyes existentes.
  • * Quería formar bibliotecas públicas griegas y latinas, lo más numerosas posible, y encargó a Marco Terencio Varrón el cuidado de adquirir y clasificar los libros.