Egipto, don del Nilo

Las primeras grandes civilizaciones florecieron en Asia y en torno a la cuenca del Mediterráneo, muy a menudo en las orillas de los grandes ríos. Una de las mayores civilizaciones del mundo antiguo fue la egipcia, que se desarrolló a lo largo del Nilo.

Hace cerca de 20.000 años, en la edad neolítica, donde hoy se encuentra el desierto de Sahara se extendían boscajes ricos en pastos frecuentados por pastores de raza camitica. Pero cuando profundos cambios de clima transformaron aquélla en una región árida, los pastores se refugiaron en las orillas del Nilo, construyeron aldeas y se hicieron agricultores. A partir de aquel momento el Nilo fue su fuente de vida y lo veneraron como una divinidad con el nombre de dios Apis. Salíase todos los años de su lecho en el mes de junio y volvía a su cauce entre octubre y diciembre, dejando tras de él un barro benéfico que hacía la tierra fértilísima. Los egipcios aprovechaban del mejor modo el agua del río, transformándose en óptimos ingenieros hidráulicos y construyendo canales, diques y presas.

Un largo período que va desde el año 10000 al 3200 a. de J. C., llamado período predinástico, precede a la completa unificación de Egipto bajo el primer faraón: Menes, fundador de Menfis, capital hasta el año 2000 antes de J. C. Más tarde la capital de Egipto fue Tebas. A partir de Menes reinaron treinta dinastías de faraones. Se acostumbra a dividir la historia del Egipto de los faraones en cuatro grandes períodos: Imperio Antiguo (3200 al 2100 a. de J. C.), Imperio Medio (2100 hasta cerca del 1550 a. de J. C.), Imperio Nuevo (1550 al 1100 a. de J. C.) y el período Tardío o de la decadencia (1100-525 antes de J. C.). Egipto aumentó sus riquezas y su potencia con importantes obras públicas y de ingeniería, por medio del comercio y con expediciones militares al corazón de Africa y en Asia, estableciendo contactos con los fenicios, babilonios, asirlos, hebreos y otros pueblos.

Sin embargo, los egipcios no conocieron períodos de paz y de bienestar, pero sí la pobreza, debido a la escasez y a las guerras; una invasión terrible fue la de los hicsos (cerca del 1700 a. de J. C.), nómadas asiáticos que introdujeron en Egipto el uso de la herradura, hasta entonces desconocida. Pero sólo Cambises, poderoso rey persa, consiguió derrumbar el potente trono de los faraones, pues en el 525 a. de J. C. invade dicho país que pierde su independencia. Los egipcios fueron el primer pueblo que usó la escritura llamada jeroglífica, muy diferente y mucho menos práctica que la nuestra; escribieron su historia en rollos de papiros y recubrieron muy a menudo de inscripciones jeroglíficas las paredes de sus grandiosos monumentos: las pirámides, erigidas como tumbas de algunos faraones, los templos, obeliscos, las colosales estatuas de las esfinges, de las divinidades y de los faraones.

 

 

 

 

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De las orillas del Nilo trasladémonos ahora más hacia el este, hacia el Golfo Pérsico: dos grandes ríos, el Tigris y el Eufrates, hacen muy fértil una ancha faja de tierra, llamada desde la antigüedad Mesopotamia, palabra que quiere decir país entre dos ríos. En este lugar se establecieron pueblos de diferentes razas que se mezclaron recíprocamente. A diferencia de la civilización egipcia, que fue creada por un pueblo unido bajo un rey único, la civilización mesopotámica fue obra de un mosaico de pueblos independientes reunidos quizás en pequeños estados tan grandes como la ciudad y llamados, por eso, ciudades-estado.

 

Los Sumerios

Todos recordamos el Diluvio Universal. No fue, según parece, un diluvio que sumergió a toda la Tierra, pues los sabios mantienen que la narración bíblica se refiere a alguna desastrosa inundación ocurrida en tiempos remotos en Mesopotamia.

Quizá para defenderse de las inundaciones del Tigris y del Eufrates, los sumerios construyeron sus ciudades-estado sobre amplias terrazas artificiales. Este pueblo era de raza camitica, como los egipcios, y se estableció cerca de la desembocadura de los dos ríos hacia el año 4000 a. de J. C., viviendo, sobre todo, del pastoreo y de la agricultura. Sus ciudades-estado, la más importante de las cuales fue Ur, estaban gobernadas por un rey. Cuando éste moría, en su tumba, junto con sus armas y joyas, eran sepultados vivos su viuda y sus servidores. Pero los sumerios fueron un pueblo avanzado que transmitió su saber a los pueblos que lo invadieron: primero, los caldeos, y luego, cerca del año 1750 a. de J. C., los babilonios.

 

 

 

Los Babilonios y los Asirios

Los babilonios y los asirlos eran de raza semítica. Los primeros vivían en las fértiles orillas del Eufrates y tenían como capital a Babilonia; los segundos en el norte del Tigris, en las ásperas montañas, y su capital era Nínive. Los babilonios se dedicaban a la agricultura y al comercio; los asirlos amaban la guerra, la rapiña y la caza. Ambos pueblos lucharon largo tiempo entre sí. Bajo el reinado de Hammurabi, fundador del primer imperio (1750 a. de J. C.), Babilonia consiguió dominar a los asirlos. Pero estos últimos, en el 669 a. de J. C., dirigidos por el rey Asurbanipal, destruyeron Babilonia.

Su poderío no duró mucho tiempo; con la ayuda de los medos, los babilonios destruyeron Nínive (612 a. de J. C.) y Babilonia conoció aún un período de esplendor (Segundo Imperio Babilónico), en el que Nabuco-donosor extendió su reino hasta Egipto y se apoderó de las tierras de los hebreos.

Asiria y Babilonia tuvieron una civilización parecida. Sus templos y palacios eran admirados por todo el mundo; cultivaron la astronomía, las matemáticas y la literatura, y emplearon la escritura cuneiforme.

El estudio de los restos de la antigua Babilonia han hecho
suponer que esta ciudad poseyó numerosos edificios de gran
altura construidos con ladrillos. Dichos edificios tenían, probablemente,
carácter religioso, y su gran altura permitía a los sacerdotes  intentar ponerse
en contacto con las divinidades

 

Los Medos y los Persas

Asia Menor atrajo desde los tiempos más remotos a las tribus nómadas de raza indoeuropea que desde el Asia central se trasladaron, unos 2000 años a. de J. C., a la altiplanicie del Irán; entre ellos llegaron los hititas, los urritas, los medos y los persas.

Los medos y los persas tuvieron una gran importancia política. Los medos sojuzgaron a los persas alrededor del año 650 a. de J. C., y, aliados con los babilonios, derrotaron a los asirlos (aproximadamente el 612 a. de J. C.). Un siglo más tarde fueron los persas quienes asumieron el papel de conquistadores, gracias a sus grandes reyes y a su potentísimo ejército. Ciro el Grande, tras haber vencido a los medos y a los lidios (que habitaban la actual Turquía), derribó el segundo imperio babilonio. A su gran imperio que comprendía incluso Fenicia y Palestina, Cambises, su hijo, añadió Egipto. Darío, uno de sus sucesores, se adentró con su ejército hasta la India y el corazón de la Rusia actual con objeto de combatir las hordas salvajes de los escitas. Darío, y más tarde Jerjes, emprendieron largas y durísimas guerras, incluso con los griegos.

Los medos y los persas adquirieron muchas costumbres y usos de los mesopotámicos y de los egipcios; sin embargo, su civilización y organización política y social fue muy diferente. Tuvieron una religión muy evolucionada, predicada por Zoroastro, y fueron tolerantes con los pueblos vencidos, cuyas costumbres y religiones respetaron. Los persas organizaron su imperio con criterios nuevos y modernos: los dividieron en satrapías, o provincias, gobernadas por sátrapas, y comunicaron con una espesa red de caminos hasta las más lejanas provincias con las ciudades más importantes : Susa, su capital, Ecbetana, Babilonia, Persépolis, Pasargada, etc. Entre las innovaciones útiles que este pueblo difundió cabe señalar el uso de la moneda y un servicio postal regular de correos a caballo.

 

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La civilización Cretense

Mucho antes que los fenicios surcasen el Mediterráneo con sus navíos, otros audaces pobladores de Asia, de África y de Europa habían hecho frente a las- olas del mar y poblado las islas del mar Egeo, Sicilia, Cerdeña, Córcega, Pantelaria, Malta y las Baleares, dejando en ellas construcciones megalíticas. En Cerdeña floreció la civilización nurágica, llamada así por las fortalezas en forma de torres (nuragas), construidas por sus primeros habitantes, semejantes a los talayots de las Baleares.

Pero la civilización más antigua y refinada fue la que floreció en la isla de Creta, llamada civilización minoica, derivada del nombre del legendario rey Minos.

Desde los tiempos más remotos las islas del Egeo fueron pobladas por tribus procedentes de Africa y de Asia, que dieron lugar a la raza mediterránea. Hacia el año 3000 antes de J. C., cuando Europa se encontraba todavía en la edad de la piedra, llegaron a Creta otras poblaciones asiáticas que se fundieron con las mediterráneas que ya la habitaban, enseñándoles el empleo del cobre. En el período minoico antiguo (2600 al 2000 a. de J. C.), los cretenses se enriquecieron con la agricultura y la venta de sus productos (cereales, vinos, cerámica) a las otras poblaciones del Egeo, hasta el punto que en el período minoico medio (2000 al 1700 a. de J. C.) surgieron en la isla grandes palacios y ciudades como Cnosos, Festo, Ha-gia y Triada.

Un terrible terremoto devastó la isla; pero en el período minoico reciente (1700 al 1400 antes de J. C.), los cretenses reconstruyeron las ciudades y se unieron bajo un solo rey (Minos quiere decir rey), que estableció su corte en Cnosos y dominó a todos los pueblos del Egeo y del Peloponeso.

Altos, espigados, vivaces e industriosos, los cretenses eran diferentes en su aspecto y en su carácter de los pueblos que hemos estudiado hasta ahora. Su religión era más bien sencilla: adoraban a la "diosa madre" y al "dios toro", que es el Minotauro de la leyenda. Además de habilísimos comerciantes e infatigables navegantes, fueron también diestros artistas. Conocían la escritura y su vida fue, en ciertos aspectos, muy alegre y despreocupada. En Creta no existían esclavos, y los campesinos, comerciantes y artesanos llevaban una vida no muy diferente de la de los señores. En los palacios de estos últimos, grandes como ciudades, existían termas y teatros al aire libre donde daban espectáculos de danza, conciertos y hasta corridas de toros que no tienen nada de común con las que se celebran hoy día en España. La civilización cretense desapareció de pronto en el año 1400 a. de J. C., probablemente cuando los aqueos invadieron la isla destruyendo palacios y ciudades.

 

 

La civilización Cretense

 

 

La civilización Cretense

Las religiones de todos los pueblos del mundo antiguo eran bastante primitivas. Sólo los hebros fueron monoteístas, es decir, que adoraron a un solo dios, no gustaron de la violencia  ni de las riquezas, no emplearon la esclavitud y no toleraron las grandes diferencias entre las clases sociales que hemos visto, por ejemplo, entre los egipcios.

En el año 2000 a. de J. C., una tribu de pastores semitas, guiada por el patriarca Abraham, abandonó Mesopotamia y se trasladó a la "Tierra Prometida", o sea a Palestina, a las orillas del río Jordán. En esta tierra los hebreos vivieron pacíficamente bajo la dirección de otros patriarcas, entre ellos Isaac y Jacob, hasta que una terrible plaga los llevó a buscar refugio en Egipto, donde permanecieron unos 400 años. Moisés los condujo de nuevo hacia la tierra de Abraham tras un viaje lleno de peripecias que duró 40 años y en el cual el patriarca recibió del Señor las Tablas de la Ley. Muerto Moisés, los hebreos,guiados por Josué, llegaron a su patria, donde se dividieron en doce tribus gobernadas por algún tiempo por jueces. Más tarde eligieron su primer rey: Saúl (unos 1500 años antes de J. C.).

Su yerno, David, conquistó Jerusalén, que hizo capital del reino de Israel. Salomón, hijo de David, embelleció la ciudad con un palacio y un templo grandiosos, pero impuso al pueblo gravosos tributos que fueron causa de largas disensiones. Entonces el pueblo hebreo se dividió en dos reinos, el de Israel, con capital en Samaría, y el de Judá, con capital en Jerusalén. Los asirios conquistaron el reino de Israel en el año 772 a. de Jesucristo y Nabucodonosor destruyó Jerusalén en el 586 a. de J. C., llevando a los hebreos esclavos a Babilonia. Cuando Ciro el Grande, rey persa, destruyó el segundo imperio babilonio, los hebreos regresaron a su patria y reconstruyeron Jerusalén. Pero más tarde fueron conquistados por los griegos y luego por los romanos (bajo la dominación de éstos nació Jesús), los cuales, el año 70 de nuestra era, volvieron a destruir la capital.

 

 

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La civilización Cretense

La civilización Cretense

Los aqueos fueron un pueblo de raza indoeuropea (como los hititas, los medos y los persas) que invadieron la península helénica alrededor del año 2000 a. de J. C. Altos, rubios y muy batalladores, estos hombres fueron los antepasados de los griegos, cuya lengua era similar al griego antiguo. Empleaban caballos y carros de guerra, conocían el bronce y apreciaban las bellas armas. Al contacto con las colonias cretenses del Peloponeso sus costumbres se refinaron. De los cretenses aprendieron, entre otras cosas, el arte de la navegación, y cuando en 1400 a. de J. C. desembarcaron en Creta e impusieron su dominio en la isla, también sustituyeron a los cretenses en el dominio del Mediterráneo oriental.

Los aqueos no conocieron la escritura; sin embargo, en la memoria de los griegos perduró durante mucho tiempo el recuerdo de sus gestas, y un gran poeta, Hornero, en sus poemas La Ilíada y La Odisea, cantó la última de sus empresas: la guerra de Troya.

Era ésta una ciudad edificada en la actual Turquía, próxima al estrecho de los Dardanelos. Y Hornero cuenta cómo los aqueos la atacaron y destruyeron, tras un asedio de diez años, porque el troyano Paris había raptado a Helena, la hermosa esposa del príncipe aqueo Agamenón. Sin embargo, la realidad fue muy otra: probablemente los aqueos encontraron en Troya un obstáculo a su expansión en las costas del Asia Menor, en las que realmente fundaron numerosas colonias comerciales, y por esto la atacaron.

El arqueólogo alemán Federico Schiie-mann, basándose en el estudio de los poemas homéricos, descubrió, además de las ruinas de Troya, los restos de las dos ciudades más importantes de los aqueos: Micenas y Tirinto, en el Peloponeso. La civilización de los aqueos recibe el nombre de micénica por el nombre de la ciudad.

Los refinados cretenses enseñaron a los aqueos muchos de sus usos y costumbres, pero éstos permanecieron fieles a su origen guerrero.

Nunca se unieron bajo un solo rey; varios príncipes se repartieron el territorio y se asentaron en él rodeados de siervos y de guerreros en grandes ciudades fortaleza, mandando despóticamente sobre la población indígena y, a menudo, enriqueciéndose con rapiñas por tierra y por mar. Sólo en caso de guerra los príncipes unían sus fuerzas (como en el caso de Troya), formando una confederación. Micenas y Tirinto eran las ciudades fortaleza más potentes y aguerridas.

La vida y las viviendas de los aqueos no se diferenciaban gran cosa de las de los cretenses. La habitación principal de sus casas era el mégaron, donde se encontraba el lar; en este lugar se cocinaba, se celebraban los banquetes y se reunían los guerreros, mientras que la mujer y los hijos se encontraban reunidos en otro sitio. Los aqueos tenían numerosos esclavos; eran aficionados a las diversiones violentas, como la caza de leones o la doma de toros;

muy a menudo se encuentran escenas sobre estos temas reproducidas en las armas y en hermosas vajillas de oro que ponían en las tumbas de los príncipes. Algunas de estas tumbas, como la llamada de Atreo, en Micenas, son grandiosas, con una gran sala cubierta por una altísima cúpula. Estas tumbas fueron excavadas en las montañas con objeto de que los enemigos y los ladrones no las descubriesen.

 

 

cambiado profundamente: el Peloponeso estaba ocupado por los dorios (que habían destruido y asimilado a los aqueos); el Atica, por los jonios, y la Tesalia y Beocia, por los eolios.

Los pueblos helénicos amaban su independencia. Cada una de sus ciudades (polis) se gobernaba a sí misma según sus propias leyes; para ellos la patria era la ciudad en la que habían nacido. Sin embargo, se sentían unidos entre sí. Cada cuatro años, a partir del 776 a. de J. C., los representantes de todas las ciudades se reunían en Olimpia para honrar a Júpiter con competiciones deportivas y concursos literarios y poéticos.

Lo mismo que Olimpia, también Delfos era una ciudad sagrada y también estaba casi solamente constituida por templos, capillas, estadios y palestras.

Y como el suelo de Grecia era muy pobre, los helenos no tardaron en surcar el mar, fundando numerosas colonias en las costas de Asia Menor, Francia meridional, España oriental, Sicilia e Italia del sur, que fue llamada más tarde por los romanos Magna Grecia.

Esparta y Atenas

Dos poleis (plural de polis), sobre todo, tuvieron una gran importancia: Esparta y Atenas. Esparta fue fundada por los dorios en el Peloponeso. Los descendientes de los dorios tuvieron siempre en sus manos el poder político y militar de la ciudad, gobernando de un modo dictatorian. Los espartanos se encontraban divididos en dos calses: los periecos (comerciantes, artesanos y campesinos), y los ilotas, tratados como esclavos.

El legislador Licurgo estableció que los jefes de gobierno fuesen dos reyes y quiso que los jóvenes espartanos recibiesen una severa educación militar. Las artes eran descuidadas, el lujo prohibido y todo estaba regulado por medio de una férrea disciplina. Al comienzo del siglo vi a. de J. C., Esparta era la polis más fuerte de toda Grecia. Atenas, fundada por los jonios, dominaba toda el Atica.

 No fue, sin embargo, una polis muy potente, pero fue la ciudad más hermosa y rica de Grecia por su comercio y su floreciente artesanado, sobre todo en la cerámica. También en los primeros siglos Atenas fue gobernada por un rey, transformándose luego en república que, en los primeros tiempos, fue regida por nueve arcontes, ayudados por un consejo de nobles (Aerópago), que también administraba justicia. Los habitantes de Atenas se hallaban divididos en tres clases: eupátridas o nobles, geómoros o campesinos y demiurgos o trabajadores. Hasta las dos últimas clases manifestaban sus opiniones reuniéndose en una asamblea (Ecciesia). Más tarde, sabios hombres de estado, como Solón y Clisteno, dieron nuevas leyes para que el pueblo participase cada vez más en el gobierno de su ciudad.

Clisteno, para impedir que ningún ciudadano, haciéndose poderoso, se transformase en un tirano (como ya había sucedido), instituyó el ostracismo: la Ecciesia por votación general podía decidir la expulsión de Atenas de un ciudadano indeseable.

Las colonias helénicas estaban siempre dispuestas a dar o pedir ayuda a las ciudades griegas en caso de peligro. Y porque Atenas y Eretria habían intervenido en favor de Mi-leto, en Asia Menor, que se había rebelado contra la dominación persa, Darío decidió darles una lección ejemplar invadiendo la península. La primera expedición de los persas tuvo lugar en el año 492 a. de J. C., pero ni el ejército de Darío ni su flota, destruida por un vendaval, pudieron llegar a Grecia.

 

La tercera expedición persa, emprendida en el 480 a. de J. C. por Jerjes, sucesor de Darío, fue todavía más terrible, pero esta vez todas las ciudades griegas se unieron frente al peligro común. Los espartanos, dirigidos por Leónidas, combatieron heroicamente en el paso de las Termópilas, pero los persas consiguieron entrar en Atenas y saquearla. Poco después, sin embargo, la flota ateniense, aunque mucho más pequeña que la persa, obtuvo sobre ésta la gran victoria naval de

Salamina y, mientras los espartanos y los otros griegos derrotaban al enemigo en Platea, aquélla atracó victoriosamente en Asia Menor dando la libertad a las colonias griegas. Jerjes renunció definitivamente al proyecto de sojuzgar a los griegos.

La segunda expedición, emprendida por Darío en el 490 a. de J. C., fue terrible. Eretria fue destruida por su ejército y su flota llegó a calar el ancla no muy lejos de Atenas, frente a la llanura de Maratón. Pero con la ayuda de la ciudad de Platea los atenienses, capitaneados por Milcíades, vencieron a los persas en la batalla de Maratón. Tras la victoria, los atenienses construyeron una potente flota y el gran puerto del Píreo.

 

La edad de oro de Atenas

Atenas resurgió de nuevo más bella y mas rica que antes. Gobernada por Pericles, protector de las artes, reconstruyó sobre la Acrópolis (sede de los templos que existía en todas las ciudades griegas) magníficos edificios, entre los que destacan el Erecteon y el Parte-non, que fue ornado por uno de los más grandes escultores de todos los tiempos: Fidias.

En tiempo de Pericles, Atenas es un centro importantísimo de la cultura griega; el pueblo amaba sobre toda otra distracción el teatro, al que corría para asistir a las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, y los jóvenes atenienses, muy al contrario de los de Esparta, no sólo cultivaban la salud del cuerpo mediante el ejercicio físico, sino también la del espíritu mediante el estudio de la ciencia, la literatura y la filosofía. Sócrates, Platón y Aristóteles, los tres filósofos más grandes de Grecia, vivieron en Atenas.

Para nosotros Atenas ha quedado como el símbolo de la gran civilización helénica a la que tanto debemos en todos los campos: en el de la política, del arte, de la ciencia, de la filosofía y de la literatura; pero no creamos por ello que los atenienses eran muy diferentes de nosotros. Eran industriosos y alegres, les gustaba el comercio y vendían los productos fabricados por ellos en los cientos de talleres que había en la ciudad (cerámicas, objetos de orfebrería, muebles, tejidos, calzado, etc.) en todos los mercados del Mediterráneo. Los hombres pasaban el día yendo de las tiendas y talleres a la plaza del mercado, hablando de negocios y, muy a menudo, simplemente charlando.

Las mujeres salían raramente de casa, tenían estancias a ellas reservadas (el gineceo), donde no podía entrar ningún extraño a la familia.

Pero esta vida serena de los atenienses no duró mucho. Al final de la guerra con los persas, Atenas estableció un pacto de alianza con otras varias ciudades griegas (Liga de • Délos) que acabó por despertar las sospechas de Esparta que, a su vez, se puso al frente de otro acuerdo (la Liga del Peloponeso). Esparta atacó a Atenas y tras una larga lucha consiguió sustituir a ésta en la dirección de la vida política de Grecia. Pero Atenas y Esparta tuvieron que reconciliarse para hacer frente a la rebelión de Tebas. Todas estas disensiones debilitaron y empobrecieron a las ciudades griegas, facilitando mucho al hábil y astuto Filipo, rey de Macedonia, conquistarlas y poner fin para siempre a su independencia tra la victoria conseguida por éste en la batalla de Queronea (338 a.C.)

 
 

Alejandro Magno

Los griegos, que vieron con agrado la dominación de Filipo, no tardaron en amar a Alejandro a quien confiaron el mando de la lucha contra los persas. La guerra fue rápida y sin cuartel. Vencido Darío en la gran batalla de Iso (333 a. de J. C.), Alejandro conquistó el imperio persa, extendiendo sus dominios mucho más allá de sus confines y adentrándose en el corazón de Asia hasta Batriana (el actual Afganistán) y al río Indo, en la India. Alejandro Magno murió el año 323 antes de J. C., en Babilonia, cuando proyectaba nuevas empresas. Pero como su hijo, todavía pequeño, no estaba en grado de gobernar, se dividió el imperio entre sus generales, los diadocos, que cuando murió el hijo de Alejandro dividieron el inmenso territorio en reinos llamados helenísticos porque hicieron nacer una civilización, llamada helenística, formada por la fusión de las costumbres de los pueblos sometidos con las de los griegos.

El reino de Macedonia fue conquistado por los romanos el año 168 a. de J. C. El de Siria, el más vasto, cayó en poder de los romanos el año 190 a. de J. C. Mantuvo más tiempo su independencia el de Pérgamo, en Asia Menor, que se enriqueció con la invención y fabricación del pergamino (piel de cordero preparada para escribir sobre ella). Pero el que tuvo mayor esplendor y duró más tiempo fue el de Egipto, que fue conquistado por los romanos el año 31 a. de J. L.. Su capital, Alejandría, fue fundada por Alejandro Magno y fue sede de la espléndida corte de los Tolomeos, donde se reunieron hombres de ciencia, artistas y poetas muy famosos. En Alejandría se creó la primera gran biblioteca del mundo antiguo.

Otras ciudades y otros centros fueron muy florecientes en el período helenístico; las polis de Grecia hacía varios siglos que habían perdido su importancia política y su libertad, pero la civilización griega sobrevivía en todo el vastísimo territorio conquistado por Alejandro Magno. Por todas partes las gentes más cultas hablaban el griego, y las costumbres, la literatura, la filosofía y el arte griego influían en todos los pueblos. Pero los que al entrar en contacto con el mundo helenístico recibieron su más importante herencia fueron los romanos, quienes en el transcurso de los siglos consiguieron extender su dominio en un imperio más vasto que el de Alejandro.

 

 

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La civilización Cretense

La civilización Cretense

Originariamente su sede fue la Toscana; pero del 700 al 550 a. de J. C., aproximadamente, se extendieron por una parte importante de la llanura paduana, de Umbría, del Lacio y de Campania. Su industria principal fue la del hierro, que extraían de las minas de la isla de Elba; pero también fueron magníficos agricultores y construyeron canales de riego y acueductos y desecaron terrenos pantanosos. Practicaban el comercio de sus productos con las poblaciones itálicas y con los fenicios y griegos.

Estos influyeron mucho en sus costumbres, cultura y arte, conocidos sobre todo por sus tumbas en las que se encuentran frescos, estatuillas, joyas y vasos. Los etruscos fundaron muchas ciudades italianas, como Volterra, Arezzo, Perusa, Cortina y Bolonia. Cada una estaba gobernada por un jefe y constituía un estado, pero en caso de peligro se unían contra el enemigo común. Los etruscos tuvieron una influencia directa sobre los romanos.

 

 

El origen legendario de Roma

Cuando Eneas, héroe troyano que escapó con otros pocos compañeros suyos de la destrucción de Troya, llegó al Lacio y fundó la ciudad de Alba Longa, éste era un territorio muy fértil cubierto de verdes bosques y habitado por poblaciones indoeuropeas, los latinos, divididos en varias tribus, que se dedicaban al pastoreo y a la agricultura. Cuenta Tito Livio, el gran historiador romano, que, tras la muerte de Eneas, Alba Longa

Ambos gemelos fueron encontrados por un pastor que los hizo amantar por una loba,  animal que se transformó en el símbolo de Roma

fue gobernada en paz durante dos siglos por sus descendientes, hasta que el príncipe Amulio usurpó el trono a su hermano Numitor y mandó dar muerte a sus hijos. Pero no le bastó esto y se encarnizó contra los gemelos recién nacidos del dios Marte y de la princesa Rea Silvia, hija a su vez de Numitor, mandándolos ahogar en el Tíber. Pero el río que aquellos días iba crecido, se desbordó y dejó en el campo la cesta que contenía a los gemelos.

Rómulo y Remo fueron socorridos por una loba, que los amamantó, y luego recogidos por un pastor que los crió como hijos suyos, creciendo los niños fuertes, valientes y estimados por todos. Cuando fueron jóvenes y conocieron su origen mataron a Amulio y restituyeron en el trono a Numitor.

Luego decidieron fundar una nueva ciudad y trazaron en la colina Palatino, el 21 de abril del año 753 a.C., con un arado, el surco que debía delimitar la nueva ciudad. Pero, desdichadamente, entre ellos surgió una querella y Rómulo mató a Remo, que dio nombre a Roma.

¿Sucedieron así las cosas ? Sólo sabemos que sobre la colina Palatino existían poblados desde la edad de hierro; probablemente estos poblados se reunieron en uno solo, dando lugar a la creación de Roma.

 

Además de Rómulo, que a su muerte fue venerado como el dios Quirino, siete son los legendarios reyes de Roma: Tito Tacio (que reinó junto con Rómulo), Numa Pompilio, Tulio Ostilio, Anco Marcio, Tarquino Prisco, Servio Tulio y Tarquino el Soberbio. Roma se alió con los sabinos y con otras poblaciones vecinas.

Luego cayó bajo la influencia de los etruscos, atraídos por su magnífica posición estratégica sobre el Tíber, gran vía fluvial, transformándose la ciudad en un importante centro comercial. Etruscos fueron Tar-quino Prisco y sus sucesores, bajo cuyo reinado se construyeron las primeras murallas, las cloacas y las primeras calles embaldosadas. Cuando los etruscos declinaron, los romanos expulsaron a Tarquino el Soberbio y fundaron la República (509 a.C.).

 

MAGISTRATURAS DE LA REPÚBLICA

 

EJÉRCITO REPUBLICANO

 
 

Roma y la conquista de Italia

Para gobernar a Roma se designaba a dos magistrados (los cónsules), asistidos en su misión por una asamblea (el Senado) compuesta por 300 ex altos funcionarios. Pero no todos los habitantes de Roma eran considerados ciudadanos. La sociedad se hallaba dividida en dos clases muy distintas: los patricios, que descendían de los antiguos fundadores de Roma y gozaban de todos los derechos de un ciudadano moderno en un país democrático, y los plebeyos, que, aun gozando de todas las libertades, no podían participar en el gobierno.

 Este pequeño estado debía muy pronto hacer frente a numerosos enemigos. Los etruscos intentaron varias veces vencerlo, pero Roma los derrotó, transformándose en la ciudad más importante de todo el Lacio. Más tarde, en 509 a. de J. C., estableció un pacto con la lejana Cartago para el comercio en el Mediterráneo occidental, luego estipuló otro con las ciudades latinas que había vencido en la batalla del lago Regilo— y gracias al cual se le reconoce la supremacía en todo el Lacio. Pero Roma tenía que enfrentarse y vencer también a otros enemigos: ecuos, sabinos y volscos, y luego a los galos. Estas poblaciones célticas que habitaban la llanura paduana se lanzaron a hacer correrías a lo largo de la península, llegando hasta a invadir Roma, pero fueron rechazadas gracias al valeroso Camilo.

Mas los romanos tienen que emprender otra dura lucha contra los sammtas que habitaban las montañas y que pretendían ocupar las fértiles llanuras de la Campania. La guerra duró casi medio siglo (343a 295 a. de J. C.), hasta que habiéndose adiestrado los romanos en la guerra de montaña, vencieron a los sam-nitas y sus aliados los umbros y los etruscos, posesionándose del centro y sur de Italia.

 

 
 

Roma era cada vez más poderosa, pero se conmovía en la lucha interna entre patricios y plebeyos.  Los plebeyos estaban descontentos por razones económicas y políticas y exigían la reparación de una injusticia secular, pues si en los primeros tiempos de la monarquía sólo los patricios eran llamados al servicio militar, más tarde, debido a las continuas guerras, fue necesario llamar también a los plebeyos más ricos.

Sólo los proletarios fueron dispensados de hacer el servicio militar. Pero la participación en la guerra no benefició a los plebeyos y pequeños campesinos, que se empobrecieron; por el contrario, quienes se enriquecieron fueron los patricios, pues teniendo todos los derechos políticos se repartían entre sí todos los territorios conquistados.

Los plebeyos lucharon durante dos siglos, pero alcanzaron lo que deseaban. Primeramente obtuvieron dos magistrados (tribunos de la plebe) encargados de defender sus intereses; luego consiguieron que las leyes, que hasta entonces eran transmitidas oralmente por los patricios, fuesen escritas. Una ley aprobada el año 445 antes de J. C. permitía el matrimonio entre patricios y plebeyos, y, finalmente, los plebeyos tuvieron acceso a todas las magistraturas. El estado romano, por lo tanto, se había transformado profundamente, pero continuaba siendo una oligarquía (gobierno por un pequeño grupo de personas o familias de un país), aunque todos los ciudadanos, a excepción de los proletarios, tenían derecho a intervenir en la vida pública. Pero una vez más Roma fue arrastrada a la guerra. Era ya dueña de toda la Italia cen-tromeridional y aliada de numerosas colonias griegas de la Magna Grecia cuando se encontró frente a Tarento, ciudad fuerte y rica. Comenzada la guerra, los romanos tuvieron también que defenderse de Pirro, rey de Epiro, que había acudido con su ejército en ayuda de Tarento. Las hostilidades duraron del 281 al 275 a. de J. C., pero al final hasta Pirro fue derrotado. De este modo Roma se enseñoreó de la Italia peninsular, desde Rí-mini (que era su baluarte extremo en la parte norte) hasta Brindisi.

 

 

Las guerras púnicas

Roma se transformó en una gran potencia. Trataba de un modo diferente a cada uno de los pueblos vencidos, a los que había reunido en una confederación de pequeños estados sobre los que dominaba de un modo absoluto. Sólo los ciudadanos de Roma gozaban de derechos políticos. Para unir los territorios conquistados los romanos construyeron las famosas vías Apia, Aurelia, Flaminia y Salaria, que aún hoy son utilizadas.

Pero pronto nacieron las grandes rivalidades entre Roma y Cartago, la famosa ciudad fundada por los fenicios en el norte de Africa, pues al conquistar los romanos las colonias griegas de la Magna Grecia amenazaban el señorío de los cartagineses en el Mediterráneo. Ello dio lugar a las largas y duras Guerras Púnicas.

La primera comenzó cuando Mesina pidió ayuda a los romanos contra los cartagineses que pretendían conquistar Sicilia. En aquella época Roma poseía un ejército aguerrido, pero no tenía aún, como los cartagineses, una flota de guerra; mas ayudada por sus aliados, en poco tiempo construyó una y, cerca de Milazzo, el cónsul Cayo Dulio obtuvo la primera gran victoria naval. Animados por su éxito por mar y tierra, los romanos enviaron un contingente de sus tropas hasta Africa, pero el resultado fue desastroso. La primera guerra púnica terminó con la victoria de la flota romana cerca de las islas Egatas (241 a.C.). Roma impuso a los cartagineses que abandonasen Sicilia y el pago de un tributo. Sicilia fue la primera provincia romana, es decir, el primer territorio administrado directamente por Roma Pero Cartago no había sido vencida definitivamente. Fue el gran general Aníbal, hijo de Amílcar Barca, que sometió a España, quien llevó contra los romanos la segunda guerra púnica

 
 

Aníbal corrió a prestar ayuda a sus compatriotas, siendo derrotado cerca de Zama (202 antes de J. C.). Esta victoria romana significó el final de la segunda guerra púnica y la decadencia de Cartago, que fue destruida al final de la tercera de estas guerras (149 a 146 antes de J. C.). Con la victoria sobre los cartagineses Roma se adueñaba del Mediterráneo, ya que además de someter a España conquistó Macedonia, Grecia, Siria, Palestina y la costa de Dalmacia.

Mientras tanto la vida en Roma se modificaba profundamente. Fascinados por la civilización griega y enriquecidos por las conquistas, los romanos comenzaron a aficionarse al lujo y los placeres. Sin embargo, su vida política era muy agitada; la rivalidad entre aristócratas y plebeyos dio lugar a la formación de dos partidos: el aristocrático y el democrático. Hubo descontentos, complots y estalló la guerra civil debido a la rivalidad de dos generales, Mario y Sila.

 

 

Cayo Julio Césa

 

La conquista de las Galias

En la escena política romana apareció entonces un personaje fascinante: Cayo Julio César. Pertenecía a una familia aristocrática que se decía descendiente del mismo Eneas. Era por lo tanto un noble, pero militaba en el partido democrático. Recibió una educación refinada y en su juventud llevó una vida muy frivola, pero era un orador extraordinario y poseía una gran ambición.

En aquel tiempo el general Ceneo Pompeyo regresó a Roma tras haber combatido en Palestina, Siria, Betania y el Ponto. Era venerado de sus soldados y admirado por el pueblo y militaba en el partido aristocrático. Porque el senado no quiso concederle la recompensa que pedía para sí y para sus hombres, Pompeyo buscó el apoyo de los dos hombres más poderosos del momento, César y el rico Lucio Licinio Craso, formando con ellos el primer triunvirato, es decir un pacto que les permitía transformarse en dueños y árbitros del gobierno de Roma. Gracias a este pacto.  

 

Cesar obtiene el mando de las legiones establecidas en la Galia narbonesa. Más allá de los confines de esta provincia se extendía un vasto territorio, todavía no conquistado, que comprendía el resto de la Francia actual y de Bélgica. Estos territorios estaban habitados por numerosas tribus célticas bastante primitivas aún, dirigidas por una aristocracia militar. A menudo estaban en guerra entre sí y con los germanos y los helvecios; estos últimos eran más primitivos y feroces que los galos y habitaban Alemania y la Suiza actuales y trataban de apoderarse del territorio de los galos.

César, en una difícil campaña militar que duró del año 58 al 51 a. de J. C., conquistó las Galias presentándose a sus habitantes, primero, como aliado suyo contra germanos y helvecios, y, luego, como dominador. Pero los galos no se rindieron a César sin lucha. Y mientras los romanos asediaban Alesia, ciudad fuerte de los rebeldes, fueron cercados por 250.000 bárbaros que llegaban en ayuda de Vercingetorix. Sin embargo, aún en esta circunstancia, César venció al enemigo y la paz volvió a las Galias.

César se apodera de Roma y es nombrado dictador vitalicio. Durante su gobierno benefició al pueblo impulsando la agricultura, dio la ciudadanía romana a los habitantes de la Galia Cisalpina y Narbonense, fundó colonias para los veteranos del ejército, difundiendo de este modo la civilización romana, y reformó el calendario.

Pero César no pudo nunca ganarse el amor de los aristócratas porque, convencido de que el vasto imperio romano no podía gobernarse por una república, había despojado de su poder al senado y reinaba como un verdadero soberano.

Bruto, ante la ambición de César, entró junto con su amigo Casio en una conspiración contra el emperador. Y el 15 de marzo del año 44, antes de J. C., caía César en el senado atravesado por veintitrés puñaladas, al tiempo que decía, dirigiéndose a Bruto, que pasaba por hijo suyo: "¿Y tú, también. Bruto hijo mío?"

 

 

 

La decadencia y caída del Imperio Romano

 

Con la muerte de Cómodo (180 al 192) comenzó la rápida decadencia del Imperio Romano, que en un principio sufrió la convulsión de una grave anarquía militar. Se encargó del poder a Diocleciano (284 al 305), que dividió al imperio en Imperio de Oriente e Imperio de Occidente, gobernando él el de Oriente y Maximiliano el de Occidente.

Pero Diocleciano fue famoso también por su persecución a los cristianos (303 al 312), que se habían organizado en comunidad (o iglesia) con sacerdotes y obispos. Constantino, que subió al trono, concedió finalmente a los cristianos el derecho de profesar libremente su religión, sin tener ya que esconderse