| A principios
de siglo Valencia era una ciudad industrializada. La seda había
desaparecido, pero subsistía la producción de curtidos
y empujaba con fuerza el sector de la madera, la metalurgia y la alimentación,
este último con una vertiente exportadora, en particular de vinos
y agrios, muy activa. Predominaba la pequeña explotación
industrial, pero día a día se introducía la mecanización
y la producción se regía por criterios capitalistas. La
mejor expresión de esta dinámica eran las exposiciones
regionales, en particular la de 1909, emplazada junto a la Alameda,
donde se mostraban los avances de la agricultura y la industria.

Con todo, se vivían momentos de crisis: el sistema bipartidista
que había sustentado la Restauración cada vez concitaba
menor apoyo en las urnas; la pérdida de Cuba provocó
una ola de indignación generalizada; los obreros, en número
creciente por la industrialización,. comenzaron a organizarse
en demanda de mejores condiciones de vida. Era el terreno abonado
para el arraigo de ideologías radicales. En Valencia
el partido republicano de Blasco Ibañez recogió durante
varias décadas los frutos de ese descontento, obteniendo un
enorme respaldo popular, y gobernó el consistorio de
manera casi ininterrumpida entre 1901 y 1923.
La
primera guerra mundial afecto seriamente a la economía valenciana,
colapsando las exportaciones de cítricos y produciendo el alza
descontrolada de los precios y el desabastecimiento de los mercados.
A 1917 el malestar en la capital se canalizó en forma de huelga
general, que se prolongó durante varias semanas, enrareciendo
el ya de por sí tenso panorama social. En 1919 y 1920 se repitieron
las movilizaciones y se entró en una espiral de violencia en
la que se sucedieron las bombas y los asesinatos de civiles y de agentes
del orden.
La
instauración de la dictadura de Primo de Rivera en 1923 frenó
durante algunos años la conflictividad social, pero no apagó
la creciente radicalización política. El movimiento
obrero fue consolidando su organización sindical, mientras
los sectores conservadores se aglutinaban en torno a la Derecha Regional
Valenciana.
El 12 de abril de 1931 se celebraron elecciones locales, en las que
obtuvo una victoria absoluta la coalición de partidos republicanos,
ante lo cual Alfonso XIII renunció al trono y abandono el país,
proclamándose la Segunda república el 14 de abril. La
república abrió los cauces democráticos de participación,
incrementando la politización de los ciudadanos. No pudo escapar,
sin embargo, de un clima casi permanente de agitación social,
que estalló en Valencia ya desde el mes de mayo con el asalto
de diversas iglesias y conventos y prosiguió en los meses siguientes
con huelgas y tumultos. La movilización de las masas obedecía
en ocasiones a motivos menos conflictivos, como el sepelio de los
restos mortales de Vicente Blasco Ibáñez en 1932, fallecido
en Francia, que constituyó una espectacular manifestación
de duelo y respeto.

El ascenso del frente conservador al poder en 1933 propició
la llegada de los blasquistas hasta las más altas instancias
del poder, pero al mismo marcó el inicio de su declive por
el progresivo conservadurismo del partido. El freno a las reformas
emprendidas en la etapa anterior crispó los ánimos de
la izquierda, cada vez más radicalizada, mientras los sectores
derechistas más extremistas se organizaban en torno a la recién
creada Falange.

Este clima de enfrentamiento marcó las elecciones de 1936,
ganadas por el Frente Popular, lo que desató el fervor de las
clases populares, que de inmediato exigieron la adopción de
reformas sociales y económicas. El ayuntamiento fue disuelto,
pasando sus competencias a una comisión gestora, y se excarceló
a los presos políticos. Pero las protestas continuaron, de
nuevo se asaltaron iglesias y conventos, y la polarización
entre izquierdas y derechas se hizo cada vez más palpable.

El levantamiento militar del 18 de julio no prendió en Valencia,
pues ante la actitud indecisa de los militares, los milicianos del
Comité Ejecutivo Popular asaltaron los cuarteles y se hicieron
con el control de la ciudad. Durante unos meses se vivió en
un ambiente revolucionario, paulatinamente neutralizado desde el gobierno.
La marcha de la contienda bélica aconsejó trasladar
la capital de la República a Valencia en noviembre de 1937:
el gobierno se instaló en el palacio de Benicarló, y
los ministerios ocuparon señalados palacios. La ciudad fue
intensamente bombardeada por aire y por mar, lo que llevó a
la construcción de más de doscientos refugios para proteger
a la población. El 30 de marzo de 1939 Valencia se rindió
y las tropas nacionales hicieron su entrada en ella.

El advenimiento de
la Dictadura provocó un cambio radical: se prohibieron los
partidos políticos, se inició una severa represión
ideológica, la administración recuperó las competencias
anteriores a la guerra y la iglesia abanderó el rearme moral
de la sociedad. La autarquía económica provocó
una profunda crisis y el desabastecimiento de los mercados: los racionamientos
y el extraperlo se impusieron durante más de una década.
Para colmo de desgracias, el 14 de octubre de 1957 el Turia se desbordó
en la peor riada de su Historia...
A principios de los sesenta se inició la recuperación
económica, que Valencia vivió con un espectacular crecimiento
demográfico debido a la inmigración y con la ejecución
de importantes obras urbanísticas y de infraestructuras. Se
puso en marcha el Plan Sur para construir un cauce alternativo al
río Turia que evitara futuros desbordamientos, se mejoraron
los accesos y se iniciaron reformas interiores, cambiando la fisonomía
de algunas plazas destacadas (como la del Ayuntamiento o la de la
Reina) y abriendo calles (Poeta Querol). La ciudad creció,
se diseñaron nuevos barrios en la periferia y se trazaron nuevas
avenidas. El ritmo de vida mejoró: llegó elseiscientos
y la televisión.
A
la muerte del general Franco en 1975 se inició el proceso de
transición democrática y el posterior de transferencia
de competencias a la Comunidad Valenciana. La noche del 23 de febrero
de 1981, sin embargo, estuvieron a punto de truncarse ambos por la
intentona golpista que, desde Valencia, lideró el capitán
general Milans del Bosch, afortunadamente fracasada. La democracia
propició la recuperación de la lengua y la cultura valenciana,
aunque no se pudo evitar cierta crispación social en torno
a los simbolos
.
En
las dos últimas décadas Valencia ha cambiado de cara.
Proyectos emblemáticos, como el Jardín del Turia, el
IVAM, el Palau de la Música o el de Congresos, el metro, o
la Ciudad de las Ciencias, han identificado a los valencianos con
su ciudad y están atrayendo cada día más y más
turismo. Pero, junto a ellos, son las infraestructuras y los servicios
los que convierten a Valencia en una urbe moderna, una ciudad que
afronta el futuro con optimismo, consciente de los retos que tiene
delante (el crecimiento sostenible, los cambios sociales, la revitalización
del centro y de los barrios históricos, la coordinación
con los municipios de su entorno) pero firmemente asentada en una
destacada posición dentro de España y de Europa.

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