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En 1609 se promulgó el decreto de expulsión de los moriscos,
siendo el Grao uno de los puertos por los que se embarcaron para ser
trasladados al norte de Africa. En realidad, el impacto directo de
la expulsión fue escaso en la ciudad de Valencia, ya que apenas
quedaban en ella unas pocas casas de moriscos, pero afectó
sensiblemente a las rentas de muchos nobles, la mayoría de
los residentes en la capital, lo que a la larga repercutió
en la economía de la ciudad.
El siglo XVII, y en particular el largo reinado de Felipe IV (1621-1665),
se caracterizaron por el reforzamiento de las tendencias absolutistas
de la monarquía, lo que se reflejó en Valencia en el
progresivo control de los cargos municipales por el rey y su injerencia
—a través del virrey— en competencias que los fueros atribuían
a la ciudad. Ello produjo continuas tensiones y el envío de
embajadas de protesta a la corte. En esta coyuntura se produjo en
1633 el levantamiento de los labradores de la huerta que protestaban
por lo que consideraban impuestos abusivos introducidos por la ciudad
sobre la producción y el consumo dentro de su término.
Los sublevados llegaron a poner cerco a Valencia, lo que obligó
a tomar las armas a sus habitantes. El virrey, el marqués de
Camarasa, aprobó inicialmente las reivindicaciones de los labradores,
lo que apaciguó la rebelión, pero ante el malestar que
provocó esta medida en la capital, al año siguiente
se llegó a un nuevo acuerdo que satisfacía a ambas partes
y no alteraba gravemente las competencias de aquella.
A esta coyuntura adversa se vinieron a sumar sucesivas epidemias
de peste (las más graves en 1647 y 1652) que redujeron la población
en un tercio, y una calamitosa riada del Turia en 1651. La economía
se mantuvo estancada casi toda la centuria, y sólo manifestó
síntomas de recuperación en las décadas finales,
en parte por la crisis política que vivió Cataluña
en esos años. La burguesía mercantil autóctona
prácticamente había desaparecido, y el comercio de exportación
e importación estaba en manos de extranjeros. La inexistencia
de un puerto de mar en condiciones era una de las causas que dificultaban
el comercio, por lo que la ciudad promovió a finales de siglo
diversas iniciativas encaminadas a su construcción, aunque
no llegaron a cuajar.
El
XVII, con todo, fue el gran siglo del ceremonial barroco, de las entradas
reales, de las procesiones multitudinarias henchidas de fervor religioso,
de los protocolarios actos públicos, de la fiesta, en fin,
concebida como el espectáculo del poder. Con ocasión
de estas celebraciones la ciudad se transformaba: los palacios exhibían
en sus fachadas tapices. Lienzos, espejos y cornucopias, se levantaban
arcos triunfales efímeros, se iluminaban las calles con faroles,
antorchas y cirios, consiguiendo con todo ello una atmósfera
mágica que maravillaba al pueblo. Algo de esta teatralidad
se ha perpetuado hoy en día en manifestaciones como los Miracles
de Sant Vicent o el Corpus.
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