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A la muerte sin descendencia de Carlos II se produjo un conflicto
dinástico que desembocó en la guerra de Sucesión,
una contienda de dimensiones europeas que tuvo en el territorio valenciano
uno de sus escenarios. Tras la coronación en Madrid de Felipe
V de Borbón en 1701, Valencia se mantuvo leal al nuevo monarca
hasta la llegada a la ciudad de tropas del archiduque Carlos de Austria
en 1705. El archiduque hizo su entrada triunfal en septiembre de 1706,
siendo reconocido como rey, pero su reinado apenas duró unos
meses. El 25 de abril de 1707 las tropas borbónicas derrotaban
a las austracistas en la batalla de Almansa.

Tras
su victoria, Felipe V decretaba la nueva planta, esto es, la abolición
de los fueros valencianos y el acomodo del reino y su capital a las
leyes y costumbres de Castilla. El gobierno municipal sufrió
una profunda transformación, y los cargos dejaron de ser electivos
para pasar a ser de designación directa del monarca, venales
y hereditarios, y en su mayoría fueron ocupados por aristócratas,
en muchos casos foráneos.
Desde el principio de la etapa borbónica Valencia se hubo de
acostumbrar a la presencia de tropas en ella. Para acuartelarlas,
y también para asegurar el orden en la ciudad, se construyó
la Ciudadela junto al convento de Santo Domingo, una fortificación
con dos baluartes al exterior y un recio torreón que apuntaba
al interior de la urbe. Además, se utilizaron diferentes edificios
para alojamiento de tropas, como la propia Lonja, que sirvió
de cuartel hasta 1762.
En
el plano económico, durante el siglo XVIII Valencia vivió
una etapa de recuperación apoyada en la manufactura de tejidos
de seda y otras actividades industriales, como la azulejería.
Según fuentes de la época, la seda daba trabajo de forma
directa o indirecta, a más de 25000 personas y conformó
la fisonomía de todo un barrio, el de Velluters, además
de influir en buena medida en el paisaje de la huerta, con sus caminos
bordeados de moreras y sus alquerías de altas andanas para
la cría del gusano. El Colegio del Arte Mayor de la Seda era
el encargado de regular una profesión, la de velluter, cada
vez más apartada del marco gremial y más cercana a la
proletarización. Dadas
las deficiencias de las instalaciones portuarias, la producción
se remitía por tierra a Cádiz, desde cuyo puerto era
redistribuida, gozando de especial acogida en el mercado americano.
El XVIII fue el siglo de las ideas, el siglo de las luces. El pensamiento
ilustrado nacido en Francia encontró en Valencia un eco ferviente,
y contó con nombres de reconocido prestigio europeo, como Gregorio
Mayans o Pérez Bayer, quienes mantenían correspondencia
con los más destacados pensadores franceses o alemanes del
momento, aunque su trabajo les llevara en ocasiones lejos de Valencia.
En este ambiente de exaltación de las ideas toma cuerpo en
1776 la Sociedad Económica de Amigos del País, introductora
de numerosas mejoras en la producción agrícola e industrial
y promotora de diversas instituciones económicas, cívicas
y culturales.
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